Los habitantes del sector mantienen en la memoria diversas historias que han marcado lugares representativos para la comuna.
Autor: Eduardo Guerra
Diario Sin Fronteras, Liceo Santa Cruz
Hace algún tiempo la ciudad de Santa Cruz apareció en los noticieros por un hecho ocurrido en la calle La Paz. A raíz de una trágica muerte, en ese lugar hay velas y flores que recuerdan un hecho de sangre que con el correr del tiempo se transformará en una historia legendaria. Esto nos indica que caminar por las calles de un pueblo es caminar junto a los recuerdos de quienes se han ido, es pisar las huellas que ellos han dejado y tejer nuevas historias donde ellos dejaron las suyas.
Las leyendas son esas historias de vida que cuando han transcurrido muchos años se mantienen vivas en la memoria de los hijos de quienes las protagonizaron siendo traspasadas de generación en generación y condimentadas con nuevos sazones.
Así ocurre con tres historias que ocurrieron en lugares de la comuna y que habitualmente son recordadas por sus habitantes.
Tres hermanos unidos y separados por amor
En uno de los antiguos patios del cementerio de Santa Cruz, rodeada de tumbas cuyos deudos ya no vuelven a visitarlos, hay una teñida por el humo de las velas en la que apenas se puede leer “Aquí descansan los tres hermanos, fallecidos el 4 de junio de 1934″. Solitaria y limpiando los tiestos en que coloca las flores en la tumba de sus padres se encuentra Jacqueline, quien recuerda la historia que le contaba su madre diciendo «que eran tres hermanos bandoleros que asolaban los campos de la comuna, nadie se enfrentaba a ellos por temor de ser ajusticiados. Sin saberlo, los tres se enamoraron de la misma mujer y la hermandad que un día los unió se transformó en traición cuando se dieron cuenta que a todos los unía el mismo amor».
Ninguno dejaría que el otro se quedara con el tesoro preciado, una noche, a la salida de una cantina, con unas copas de más o quizás de menos, al ver al hermano mayor con la mujer que todos deseaban, se enfrentaron los tres a tiros cayendo heridos de muerte. “perdón, hermano… perdón hermanito”… Y Allí está hoy su tumba, siempre iluminada con velas de quienes los creen milagrosos.
La mano que atrapó a una familia
Palmilla es una localidad rural distante unos 12 kilómetros de Santa Cruz, en la Región de O’Higgins. La señora Nancy es una mujer trabajadora y cristiana que relata «que allí vivían Don Juan, su esposa María junto a sus hijos Juan y Teresita, familia de escasos recursos, querida por sus vecinos, como se dice en el campo, una familia quitada de bulla”. Una tarde mientras, Don Juan comunicó a su familia que se iría al norte a trabajar, al día siguiente lo vieron partir con un saco quintalero al hombro, pasó el tiempo y nunca volvió, tampoco se supo nada de él, unos decían que había muerto, otros que había hecho un plan para irse de la casa y otros que había formado otra familia.
La señora María a pesar de ser pobre, era muy orgullosa, no le gustaba que las personas del sector le ayudaran económicamente. Pasó un año, entendió que su esposo no volvería y comenzó a trabajar vendiendo pan amasado, un día los niños fueron solos a recolectar la leña.
Caminaron y caminaron, recolectaron la leña y amarraron los ataditos, uno para cada uno, sintieron sed y se acercaron a una vertiente donde había una piedra muy grande y al llegar a la piedra les llamó la atención que tenía una mano dibujada, Teresita colocó su mano en la mano de la piedra y desapareció de la misma manera lo hizo Juanito, la señora María salió a buscarlos, al llegar a la vertiente encontró los dos ataditos de leña, pero nunca más los niños volvieron a casa…. Ella enfermó y murió de pena, se dice que todos los días a las 12 de la noche se siente el llanto de los niños llamando a su mamá, y hasta el día de hoy los ataditos de leña permanecen en el lugar.
La maldición de una madre
El valle de Apalta está rodeado de hermosos cerros que forman un codiciado terroir para los vinos de la comuna de Santa Cruz, pero no siempre fue así…. Hace muchos años, cuando las viñas que hoy son centenarias recién estaban plantándose vivían cerca del cerro, doña Clementina junto a su hija Mercedes.
La madre soltera era una mujer de mal carácter, odiaba a los hombres y no demostraba afecto por su hija; la niña no fue al colegio y desde pequeña tuvo que aprender las labores de la casa, alimentar a las aves y cuidar de la huerta.
Un 18 de septiembre, Mercedes conoció a Carlos, se hicieron amigos y escondidos de la madre nació un amor sincero entre ellos. Cuando Clementina se dio cuenta la castigaba con más tareas e inventaba que había visto a Carlos con otra mujer. Ellos decidieron huir,.
La noche de año nuevo, Mercedes vio que su madre estaba animosa conversando con la familia, aprovecho de recoger un morral dejando una nota a su madre: “Mamita me voy con Carlos, quiero ser feliz, Perdóname, te quiere….Mercedes”. La pareja iba a caballo cruzando el cerro mientras que la señora Clementina fue a su casa a buscarla gritando: ¡¡Mercedes!!, al ver la nota sintió tanta rabia que dijo: “Mercedes donde quiera que te encuentres, tú y quienes van contigo los maldigo y que se conviertan en piedra”, así fue como Mercedes, Carlos y el caballo se convirtieron en piedra. En la noche de San Juan, a las 12, algunos dicen que las piedras sangran por desobedientes, yo prefiero pensar que se dicen versos de amor mientras se escuchan relinchos.
Hacia donde el visitante mire hay una historia que contar, el porqué de la cruz a la entrada del pueblo, cerros que se queman todos los años, el jinete de ojos brillantes que aparece en los campos. Nadie sabe si es cierto todo lo que dicen, pero muchos han han caminado estas calles calles polvorientas y dejado su vida en ellas.





















