Hace un tiempo se realizó un ciclo de cine en el cual participaron varios países europeos, además de Chile, quien fue por primera vez anfitrión del evento. Este festival fue organizado con el objetivo de difundir el cine del viejo continente y durante su desarrollo fue posible ver largometrajes, documentales y cortometrajes. Además se realizaron talleres y conversatorios. Todo esto sobre el escenario del antiguo Teatro Centenario. Lamentablemente, no se tuvo ni el apoyo ni la concurrencia deseada o medianamente esperada, lo que sin duda, resultó ser un golpe bajo no solo para los organizadores, sino también para todos los que de alguna u otra forma fomentan la cultura y el desarrollo de las artes en esta ciudad, en un claro ejemplo de desdén hacia este gigante que se niega a morir condenado al abandono de la memoria.
Al pasear por el centro de La Serena, por el cuadrante que reúne gran parte de los espacios cívicos como la Plaza de Armas, la catedral, el registro civil, el correo y la municipalidad, inmediatamente llama la atención un edificio histórico, el Teatro Centenario, cuna de grandes rotativas ochenteras, donde se fundían en una sola tarde los mejores golpes de Bruce Lee, las divertidas locuras de Whoopi Goldberg y un joven Stallone interpretando al intrépido Rambo.
Una joya arquitectónica neocolonial diseñada por el arquitecto Andrés Murillo e inaugurada en 1945. Desde siempre un lugar de encuentro para la sociedad de la capital de la IV Región. Durante los últimos años el teatro ha dejado de ser tan concurrido, las luces a medio encender, la falta de una cartelera constante y el olvido total por parte de las autoridades y ciudadanía, han condenado a esta maravillosa sala de espectáculos al más cruel de los olvidos. Las nuevas generaciones comienzan a crecer sin siquiera saber que existió un lugar como el querido Teatro Centenario.
Hoy en día se habita un mundo donde todo es personal y desechable, un espacio donde cobran especial importancia los audífonos y las sopas “para uno”, una forma de ver el mundo bajo el prisma del individualismo, que pareciera predicar como máxima que “aquello que no sirve, que no luce, tiene como destino casi inevitable la basura y el olvido”. Podríamos llamar a esta época como “la era de la obsolescencia”, quizá esto se explique en las mismas características de nuestra generación, aquella que exige de forma instantánea e intransigente que lo que no funcione en el acto, sea despachado y reemplazado.
Los países desarrollados no desechan la historia, la hacen parte vívida de su realidad, donde los libros, el arte, los edificios antiguos y los patrimonios conviven con la modernidad en perfecta armonía. Es importante aunar esfuerzos colectivos; colegios, gobierno central y regional, universidades y empresas privadas para incentivar la conservación y el crecimiento de la cultura en la región y promover actividades como esta.
El mayor desafío en materia cultural es ser capaces de rescatar tanto el arte como la historia y seguir caminando en esa vía sin desvincular el patrimonio cultural, avanzando sin olvidar las raíces. Tal vez de esa manera se pueda rescatar lo mejor del pasado, aprovechar más lo que se tiene en el presente y desde este punto mirar hacia el futuro.

















