“Todas las etapas tienen su encanto, la universidad, mis primeras clases, todo eso. Pero yo recuerdo mucho la etapa de mi infancia, cuando era libre en la pampa, corriendo bajo el sol”, afirma el reconocido docente de 75 años.
Por: Adrián Medina Martínez
Diario Los Nuevos Diablos Rojos, Liceo de Hombres de Antofagasta Mario Bahamonde Silva (Antofagasta).
En los pasillos del Liceo de Hombres se ve a Claudio Isaac Arce Aguirre, de 75 años y 25 de profesor, lleva por segundo nombre el de su abuelo, un personaje importante para la ciudad, que incluso tiene una calle que lleva su nombre, del cual guarda ciertas similitudes en cuanto a su carácter y ese amor por la historia.
Habitualmente se ve con su delantal blanco y sus años a cuesta. Es profesor de artes visuales y educación tecnológica, en sus ratos libres prefiere practicar y hacer música, leer y compartir con su esposa e hijo.
Sentado en la biblioteca del liceo, con el cuadro de Mario Bahamonde, escritor antofagastino, de fondo, el profe Claudio, como cariñosamente lo llaman, respondió cordialmente a las preguntas del diario Los Nuevos Diablos Rojos.
¿Cuánto tiempo le tomó hacer ese cuadro de Mario Bahamonde?
Fue todo un proceso, me basé en varias fotografías, hice una interpretación de su rostro en base a varias fotos, me tardé dos meses, porque lo hacía en mis ratos libres.
¿Qué significa Mario Bahamonde Silva para usted?
Don Mario no solo marcó mi vida, si no que la de todos los que estudiaron con él, si le preguntas a ex alumnos de él, algunos dirán que es solo un viejo loco pesado. Él enseñaba en todo momento, si uno hablaba mal, si uno se expresaba mal. Yo no lo tuve como profesor cuando estudié acá, en este liceo, pero sí conocí sus historias por quienes si lo tuvieron.
Él era un personaje cotidiano que aprendí a conocer aún más a través de su compañera Germana Fernández, yo le hacía entrevistas y ella me contó cosas extraordinarias de él, cosas que solo ella sabía sobre su vida, sus gustos, sus sentimientos y sobre su amor a la literatura.
¿Puede resaltar alguna cualidad que admire de él?
Fue perseverante hasta el final, un poco desordenado, pero él fue una persona que lo daba todo por dejar testimonio a través de la letra, de rescatar el espíritu nortino, él defendió siempre las costumbres, la ideología, los mitos y las leyendas. Rescató todo eso.
Todo nacido en el norte tiene cierta relación con la pampa, y el profe Claudio no es la excepción.
¿Cuál fue su mejor etapa en la vida?
Todas las etapas tienen su encanto, la universidad, mis primeras clases, todo eso. Pero yo recuerdo mucho la etapa de mi infancia, cuando era libre en la pampa, corriendo bajo el sol, jugando a la pelota. Es una libertad que nunca más se dio, comprenderán que eso en la ciudad no sucede. Allá gritábamos, metíamos bulla, elevábamos volantines, jugábamos libremente, por eso que entre los 6 y 12 años fue una época muy bonita para mí.
¿Qué hace en sus tiempos libres?
En mi profesión son pocos los ratos libres que me quedan, durante la semana mi trabajo me absorbe, por eso logro descansar con mi familia, escribiendo música, trato de leer libros de historia principalmente, compartir con mi señora y cuando puedo viajo a La Serena a ver a mi hijo y mi nuera.
¿De dónde viene su amor por el piano?
De mi mamá, ella tocaba, aprendí mirando y escuchando ella quería que fuera pianista, pero me fui a Santiago. Toqué hasta los 15 años, pero después de mucho sin tocar, casi 40 años, volví al piano y fue una revolución en mi vida, porque me reencontré con la música y eso también hace que uno se reencuentre consigo mismo. Antes tocaba y se me hacía muy fácil, ahora me cuesta. Por ejemplo, antes mi memoria auditiva era extraordinaria, ahora hago una cosita y si no la grabo a los 10 minutos ya se me olvida. Tuve que luchar con la rigidez de los dedos, los dolores que antes no tenía. Mis años mozos ya pasaron, pero ahí está el desafío ahora, ir superando todas esas cosas que, si las hago, me facilitarán mucho mi vejez.
Sabemos que una calle llevaba su apellido, Isaac Arce, ¿Qué puede decir de ello?
Él era mi abuelo, Don Isaac, muchos han dicho que se merece mucho más, incluso se comprometieron a hacerle un busto, pero jamás se concretó. Él fue importante en una época en que no existía internet, se encargó de recopilar pacientemente durante más de 30 años dato tras dato de la historia de Antofagasta, consultando, pidiendo a personas extranjeras información, fotografías y así él juntó todo y pudo armar un libro llamado “Narraciones históricas de Antofagasta” en donde existen datos inéditos que si no hubiera sido por él nadie los habría compilado. Creó una obra considerada la base histórica de esta región, en donde cualquier historiador o quien quiera hablar de Antofagasta tiene que basarse en él. Esa es la importancia de este viejito que llegó a los 88 años.
¿Cómo llegó a estudiar pedagogía?
Descubrí que era profesor en la universidad estudiando algo que no tenía nada que ver con eso, Artes aplicadas en la Universidad de Chile. Ahí en un taller, el ayudante se fue, entonces yo le dije a la profesora que quería reemplazarlo, pero no podía porque estaba en primer año y recién se postulaba en segundo, y esperé, entonces todavía no llegaba un ayudante y volví con la idea de ocupar ese lugar, me dijeron que me pondrían a prueba un mes, los que después se convirtieron en cuatro años.
Los años que lleva de servicio no han sido en vano, si bien es cierto que ha trabajado en todos los sectores de educación, su lugar definitivo es el Liceo de Hombres de Antofagasta, lugar donde también cursó sus primeros años de estudio. Por lo que puede hablar con propiedad de los cambios en la educación actual.
¿Ha cambiado su forma de enseñar a lo largo de los años?
Por supuesto, he mejorado, pero los alumnos no. Los profesores tuvimos que adaptarnos a ellos, a entenderlos, ya no es igual a cuando uno era alumno. El respeto que se tenía por los profesores ha decaído. Cuando era alumno mi profesor jefe me fue a visitar porque estaba enfermo y hace un tiempo quise hacer lo mismo que él para ver que le pasaba a un alumno, pero me trataron de sapo. La concepción es distinta, jamás pensaría que un profesor viene a mi casa para chismosear, en mi caso fue así y pensé lo tanto que ha cambiado el concepto del profesor y el respeto hacia él.
¿Alguna anécdota interesante que haya pasado en su trabajo?
Estaba haciendo clases a un primero básico, con el tema del fondo del mar y yo para motivar a los niños empecé a hacer dibujos en la pizarra, entonces llegó uno con el trabajo casi listo, pero llegó “nadando”, y yo hice lo mismo, a los dos minutos todo el curso me imitaba y era una cosa muy extraña porque en el fondo del mar no se puede hablar, entonces todos se comunicaban por señas. Nunca he estado en un curso tan silencioso de niños de básica y fue espectacular.
Sus sentimientos hacia su liceo son tan grandes que cada vez que se le solicita algo, nunca hay un no por respuesta y siempre se espera lo mejor de él. Por ese afán de conservación ha iniciado una labor de restauración en conjunto con sus alumnos en una de las asignaturas que imparte actualmente.
¿Por qué es tan importante restaurar los objetos patrimoniales del liceo?
Porque son parte de nuestra historia y con ellos podemos reconstruir la educación que antiguamente se entregaba, por ejemplo, los objetos didácticos, máquinas que estaban botadas, muchas de ellas rotas, pero si nosotros averiguamos cómo funcionaban, podemos sacar una idea de cómo era la educación en esa época y cómo el Estado entregaba lo mejor a la educación pública.
En la biblioteca hay libros forrados en cuero con el escudo patrio sobre relieve bañados en oro, de esos de antes, que el liceo cuida, por algo tienen más de 70 años. No como ahora que no cuidamos nuestro patrimonio, he ahí la gran importancia de ello.
Usted habla en sus clases de un museo virtual, ¿En qué consiste?
La idea es tener un museo virtual del liceo, en donde a través de fotografías se informe como se utilizaban las máquinas que junto a mis alumnos hemos restaurado y así de esa forma lograr perpetuar en el tiempo el material histórico para que siga vigente e invite a otros a informarse en su uso.
Siempre amable y sonriente, así es Claudio Arce, el profesor que tiene las mil historias del liceo de hombres y que sueña que vuelva a ser lo que la historia dice que fue.


















