Lecciones aprendidas en tragedias

Lecciones aprendidas en tragedias

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Autor: Esteban Torres
Diario El Consolidario, Complejo Educacional Consolidada (Puente Alto)

Cuando los chilenos nos preparábamos para celebrar nuestras Fiestas Patrias, la tierra -una vez más, como tantas otras- se encargó de recordarnos con hechos que vivimos en el país más sísmico del planeta. Y es que el terremoto 8,4 grados Richter, con epicentro 42 kilómetros al oeste de Canela Baja, registrado el miércoles 16 de septiembre a las 19:54 horas, no sólo sacudió la zona centro-norte de Chile, sino que también cambió para siempre la vida de miles de personas de la Cuarta Región, especialmente del puerto de Coquimbo y de otras localidades costeras.

Debido a la gran magnitud del sismo, que hubiera un tsunami era sólo cuestión de tiempo. Así, un cuarto de hora después del terremoto, la primera ola arribó a la costa y, si bien es cierto no fue la más dañina, las que llegaron minutos más tarde fueron implacables con lo que encontraron a su paso, en un desastre que pudo haber sido mucho peor.

Los expertos sostienen que un grado más en la escala Richter se traduce en un movimiento 33 veces más fuerte.

La muerte de 13 compatriotas y la desaparición de otros 3, aunque dolorosa y terrible, es una cifra muy inferior a las 156 víctimas fatales y los 25 desaparecidos que dejó el terremoto y posterior tsunami que el 27 de febrero de 2010 afectó a la zona centro-sur del país. Lo mismo pasó con la destrucción de viviendas, comercios, servicios públicos y fuentes laborales, entre otros.

Considero que esto podría explicarse por las magnitudes de ambos terremotos, pues no es comparable un 8,3° con un 8,8°, de hecho los expertos sostienen que un grado más en la escala Richter se traduce en un movimiento 33 veces más fuerte, pero es preciso destacar que la catástrofe ocurrida hace un lustro dejó producto de la experiencia varias lecciones aprendidas entre los chilenos.

Pese a que en 2010 dos millones de personas evacuaron la zona costera de las regiones donde se concentra el 75% de la población nacional, la gran mayoría de los fallecidos fue a causa del tsunami y la falta de información. Ahora, sólo minutos después del gran sismo, un millón de personas de las ciudades costeras entre las regiones de Atacama y el Maule se dirigieron hasta las respectivas zonas de seguridad, una conducta casi innata para los chilenos y que generó gran cobertura de parte de los medios internacionales.

A lo anterior, se suman mejoras en tecnología e infraestructura para hacer frente a estos eventos de la naturaleza, como las alertas enviadas a los teléfonos celulares vía mensaje de texto y el oportuno aviso de las alarmas de tsunami, además de una mayor planificación y preparación de los organismos gubernamentales, civiles y dependientes de las Fuerzas Armadas y de Orden, lo cual valoro inmensamente.

Al igual que en O’Higgins, Maule y Biobío, en la región de Coquimbo los afectados sentirán que la reconstrucción es lenta y que las autoridades los han olvidado. Se deberán tomar decisiones, muchas de ellas quizás impopulares, tales como no volver a construir en zonas antes edificadas. Será un período difícil para aquellos que con la tragedia lo perdieron todo y sólo anhelan volver a ponerse de pie. Pero considero que con esto último ha quedado de manifiesto que se ha aprendido mucho y que el “Chile, país de reacción”, tras los últimos grandes eventos causados por la naturaleza, comienza a quedar atrás.

La naturaleza inexorablemente nos volverá a golpear. Si no son los terremotos y posteriores tsunamis, serán las inundaciones, los aluviones, las erupciones volcánicas o los incendios forestales. De norte a sur, de cordillera a mar, nuestra querida larga y angosta faja de tierra seguirá sufriendo los embates de la madre tierra -como siempre- sin previo aviso, pero la idea es que cuando ello ocurra se tomen determinaciones de acuerdo a los protocolos establecidos y los ciudadanos actuemos de manera responsable. Intentar reducir los riesgos al mínimo depende de todos nosotros.

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