Autor: Joaquín Lillo
Diario: El Idopiano, Colegio IDOP(Santiago, Chile)
¡Qué ganas de decirle a esa mamá o ese papá: Usted no conoce a su hijo/a! Cuántas veces he pensado eso mismo, de un compañero de curso, de un primo o incluso de mi propio hermano. A veces ellos se comportan de una manera que nadie creería, a menos que tenga a mano una filmadora para demostrarlo. Pero algo me detiene inevitablemente. ¿Y si no me creen?
Busqué responder esta interrogante: ¿Me conocen mis padres? , desde diversas perspectivas. Primero consulté con varios compañeros y amigos para conocer su opinión al respecto. La mayoría de ellos coincidió en que nuestros padres no nos conocen como ellos creen. En la casa me comporto de una manera distinta a la del colegio o con los amigos. Las reglas en casa no me permiten ciertas conductas, además he aprendido a evitar problemas. En el colegio siento más libertad, incluso los profesores más estrictos tienen más apertura que mis papás. Y con los amigos, sin adultos merodeando, definitivamente me siento con la libertad para hablar de lo que me gusta, de usar el lenguaje que me acomoda, o sea de ser más yo, sin restricciones. Puedo hablar sin que me corrijan o, de vez en cuando, se me puede salir una palabra inapropiada sin recibir una severa mirada, como si ellos jamás dijeran una. Puedo reírme de cosas “tontas” a veces de nada.
A los 12 años ya he aprendido que no les puedo contar todo a mis padres, porque hay muchas cosas que ellos no entenderían. Lo más probable es que me prohibirían juntarme con tal o cual amigo, entre otras cosas, para impedir que me salga del molde que han creado para mí. La teoría de la manzana podrida funciona muy bien para ellos. Ignoran el hecho de que las personas no somos fruta.
Me pareció interesante saber que opinaban los padres sobre el mismo tema y realicé una entrevista escrita a varios padres de mis compañeros. La mayoría de ellos declara todo lo contrario. El 80% afirma conocer “ciento por ciento a sus hijos”. La Psicóloga de mi colegio, Srta. Amanda Cortés, dice que “no es posible conocer a alguien en su totalidad, de hecho ni siquiera a nosotros mismos. Aunque es importante tratar de conocernos lo mejor posible”. Los padres entrevistados declaran que conocen a sus hijos porque hay confianza y comunicación. Olvidan que la familia no es una isla y no sólo en ella se aprenden cosas.
Les pregunté también si ellos creen que los padres “idealizan” a sus hijos/as y la gran mayoría opina que “los otros padres” (no ellos) lo hacen. Eso lo fundamentan en que ellos ven a esos jóvenes comportarse de una manera con sus padres y de otra cuando no están. Sin embargo no piensan que su propio/a hijo/a podría pasar por la misma situación. La venda que el amor de padre pone sobre los ojos es muy difícil de quitar.
La Srta. Cortés me señala también que es muy natural que a medida que vaya creciendo habrán más cosas que mis padres desconocerán de mí. Sobre todo entre los 12 y 13 años, etapa precisamente en la que me encuentro; tratando definir quién soy, buscando un estilo propio de vestir, un corte de pelo que me haga sentir cómodo y por sobre todo, encontrando en los “amigos”, la confianza y la aceptación que en ocasiones no encuentro en mis propios padres.
Ante la misma interrogante realizada a los padres sobre la “idealización de los hijos” la Srta. Cortés señala que es verdadera en muchas ocasiones, más de las que uno esperaría incluso. Esto ocurre, porque los padres, desde el amor y las expectativas, no logran aceptar que sus hijos no van a ser como ellos esperan.
Finalmente, ella aconseja a los padres que como primera y fundamental regla comprendan que los hijos nunca van a ser como ellos quieren que sean. Lo segundo es confiar en su labor parental para ayudar a su hijo/a a conocerse a sí mismo/a, a descubrir quién es y apoyarlo en ese camino de vida.
Mis padres, para conocerme tienen que escucharme, sin prejuicios y sin interrupciones, sólo con el propósito de descubrir y aceptar a esa persona que tienen enfrente.
También creo que el camino para que me conozcan mejor es que aprendan a verme como realmente soy y no como ellos quieren que sea. Con defectos y virtudes. Que no critiquen mi forma de vestir, de hablar, la música que me gusta, los amigos que tengo, etc.
Yo iré cambiando a lo largo de mi vida. Tal vez, con el correr de los años, llegue a ser lo que ellos soñaron o tal vez nunca y tal vez, sólo tal vez, la segunda opción los haga sentirse más orgullosos que la primera, pues en vez de cumplir sus expectativas, las supere. Eso se logra con amor, confianza, apoyo y… reglas claras. ¡Uy ¡ lo último me dolió escribirlo.


















