Gonzalo Gutiérrez Ramos
Scuola Italiana Alcide de Gasperi, La Serena
Diario La Gazzeta della Scuola
Aquel jueves mi padre, mi hermano y yo, encendíamos la parrilla “¡definitivamente en Chile no hay un solo central de jerarquía” decía mi viejo, mientras mi hermano menor apuraba su coca cola, y yo aceleraba nerviosamente el fuego, cada uno con su ritual, ese día había permiso para ver televisión hasta que el árbitro tocase el silbido final, y si llegábamos a ganar, cosa que nadie dudaba, incluso podríamos ver cien veces la repetición de los goles.
Cuando se gana tendemos a hablar por un largo tiempo del buen partido que hizo Chile, cómo jugaron, destacando siempre a las maravillas de nuestro equipo, Vidal, Medel, Sánchez, Bravo. Cuando la Selección salió campeón de la Copa América en Chile (2015) y en la de la Copa América Bicentenario en Estados Unidos (2016) todos estábamos eufóricos, éramos superiores al resto de los equipos, tal vez, demasiado engreídos. Luego, con las Clasificatorias al Mundial de Rusia, en la que tuvimos un punto de inflexión, yo diría que una colisión frontal contra el suelo, un golpe certero al peor de los pecados futboleros, la soberbia. Cuando la selección pierde ¿Seguimos siendo tan incondicionales como cuando ganan? La respuesta es NO, porque rápidamente pasamos de la euforia a la frustración. Nos sentimos derrotados y todo Chile se viene abajo, comenzamos a cuestionar si jugaron bien o no, si los jugadores estaban confiados por ser Bicampeones de América, que Alexis Sánchez no estuvo fino en los pases, que faltó más garra, esperamos la repetición para tener a quien culpar, la verdad es que la marraqueta repentinamente se añejó y el café tomó un sabor agrio retomamos lo que somos: tropicales de tomo y lomo, sin término medio, o bien cocido o crudo.




















