Autora: Belén Olmos Charpentier
Estudiario, Escuela G. Guillermo Zañartu (Quilpué)
Durante su corta vida, el Plan de Formación Ciudadana propuesto por el Ministerio de Educación ha recibido numerosas críticas, sobre todo desde los sectores más tradicionales, quienes ven a esta nueva asignatura como un reemplazo de otras y no como un complemento necesario para la vida ciudadana activa. También generó confusión la creencia de que se intenta reinstaurar la antigua Educación Cívica, lo que es un error, pues la formación ciudadana abarca muchas dimensiones, incluyendo ésta, pero no es la única.
Una experiencia enriquecedora es la que, desde hace cuatro años, se vive en nuestro colegio. Por decisión de la comunidad, se estableció que las horas destinadas hasta entonces a la religión católica en el currículum oficial para todos los niveles, tanto de enseñanza básica como de enseñanza media, fueran destinadas a una nueva asignatura llamada “Formación de principios ciudadanos y valores”, la que tiene como fin incrementar los logros de las habilidades que se requieren para estos cursos en las áreas de formación ciudadana y valórica.
Contradicción vital
Hasta ese momento, la enseñanza de religión nos generaba múltiples problemas a los alumnos. Muchos compañeros se eximían por decisión de sus familias, y la ausencia de personal para atender a los eximidos les hacía dar vueltas por el colegio; por otro lado, había una persistente fuga de alumnos del aula por falta de interés; y otro problema, no menor, era la alta rotación de docentes que impartían la asignatura, lo que significó que sintiéramos que no había seriedad. Además, el colegio declara en su Proyecto Educativo Institucional (PEI) ser una institución laica, por lo que enseñar religión, a mi parecer, mantenía en una contradicción permanente a los miembros de la escuela. No basta con declararlo, las acciones concretas deben demostrar este enfoque.
La nueva asignatura fue muy cuestionada en sus inicios, pero con el tiempo, estas clases comenzaron a ganar mayor aceptación, ya que esto causa múltiples beneficios en favor del respeto de la diversidad religiosa y de pensamiento existente en la escuela y en la sociedad.
Mejores aprendizajes
Antes del cambio, pese a que no se consideraban en el promedio final, las calificaciones en religión eran muy bajas, al igual que la motivación del alumnado por participar en las clases. Con la nueva asignatura no sólo han mejorado el interés y las notas de los alumnos, sino que sentimos que ha beneficiado los aprendizajes de todos los estudiantes de forma transversal.
Desde la perspectiva de la inclusión y la diversidad de culturas que conviven en la comunidad escolar, los beneficios de impartir esta asignatura son evidentes. Su enfoque laico, multicultural y pluriconfesional permite considerar el punto de vista de todos los integrantes de la comunidad estudiantil en relación a temas como política, medioambiente, creencias, afectividad y sexualidad, y no como en la clase de religión, regida por una única forma de entender la divinidad y el universo. Antes, muchos miembros de la comunidad, principalmente los creyentes en otras cosmovisiones y los no creyentes, enfrentábamos una pérdida de identidad y pertenencia con nuestra escuela, pues sentíamos que las opiniones no eran escuchadas ni consideradas.
Mayor participación
Al mismo tiempo, la asignatura nos ha permitido afianzar las habilidades ciudadanas y valóricas de manera efectiva, lo que se ha traducido en un mayor interés en la participación en las decisiones colectivas y la valoración de la organización como herramienta para lograr objetivos en favor del bien común. El Centro de Estudiantes ha tomado gran relevancia y confiamos en ellos para ser la voz de los alumnos al resto de la comunidad.
A la luz de la experiencia de nuestra escuela, la decisión del Ministerio de Educación de instaurar, a contar del año 2016, un Plan de Formación Ciudadana para todas las escuelas del país, apunta en la dirección correcta. La formación de ciudadanos respetuosos de los derechos humanos y responsables en su quehacer público es fundamental para que el país tenga una sociedad sana, inclusiva y pacífica.


















