Autora: Belén Rojas Ávalos
Diario Il Corriere della scuola, Scuola Italiana Alcide de Gasperi
Hace algunos días pude recibir con auténtico placer mi promedio de notas de Educación Musical, el cual era un flamante 7, sin falsa modestia, esto se debe a mi amor incondicional por la melodía, lo curioso fue que no era la única de mi curso en obtener tan destacada calificación, esto por supuesto lejos de incomodarme, me llevó a reflexionar sobre la clase de música, la cual está inserta en el currículum escolar. De aquí surge un cuestionamiento sincero ¿De qué sirve estudiar y aprender una secuencia de notas si no vamos a sentirlas con el cuerpo y alma como se debe? La música, como cualquier otro tipo de arte debe ser espontánea, una forma de liberarse y abrir al mundo nuestros pensamientos, debe tener ese efecto catártico; algo que por ahora está lejos de lograrse en el ámbito escolar.
Es necesario indicar que durante gran parte de nuestra preparación en la etapa escolar, más que aprender música, nos adiestran, ya que en este sistema escolar el aprendizaje se supone como la adquisición, por asimilación o incorporación consciente. Desde esta perspectiva, no puede haber aprendizaje cuando no participan la comprensión, la asimilación y la reflexión. El adiestramiento se reduce, en cambio, a una asociación momentánea, donde se comienza a imitar los movimientos, recuerdo con algo de sorna, lo reconozco, a una compañera, que a pesar de ser brillante en todas las asignaturas científico – humanistas, sólo logró dar con el instrumento perfecto para sus habilidades musicales hace muy poco tiempo, el melódico triángulo, no es una ironía gratuita, es la legitimidad de sentir que somos seres holísticos y con múltiples habilidades.
Como experiencia, tengo la suerte de participar en una academia, en la cual sucede todo lo contrario, entras de una manera y cada día sales con una actitud diferente, más soñadora, más audaz, con más personalidad y ganas de compartirlo con los demás. Me gustaría ver eso en las escuelas, no enseñarla como una materia, sino como un arte, que fluya y que no sea obligatoria, mucho menos represiva, algo que nos deje demostrar que todos podemos ser buenos para algo, sin embargo, no todos en lo mismo.
En mi opinión en esta larga y extensa faja de tierra, nos conformamos con lo inmediato, con aquello que nos entrega una retribución instantánea y metalizada. Hasta dónde el concepto de éxito nos hace pensar en viajes, dinero, grandes casas y abultadas tarjetas de crédito. Deberíamos evitar proponer la enseñanza del arte como una exigencia curricular y comenzar por abrir talleres donde cada estudiante pueda expresar de la manera más libre y natural que en el mundo necesitamos ingenieros, arquitectos, médicos, poetas, pintores y por supuesto músicos, pero en este mundo muy pocos apoyan los complicados y melifluos ecos de la música, más que sonidos, pasan a ser himnos, formas de vida mientras que para otros solo son notas sonando, mientras pasas por un ascensor o acompañando las compras habituales en el supermercado.


















