Han pasado siete largos meses desde que voraces y gigantescos incendios afectaron la zona central de nuestro país, en los noticieros pudimos observar por dos semanas una cobertura en directo, desde el sitio del suceso, del paso de las llamas y de la llegada de súper aviones que vinieron a salvar la región de las flamas que fueron paulatinamente consumiendo bosques de eucaliptus, pinos y flora nativa del centro y del sur de Chile.
Imposible olvidar a los periodistas cercados por el fuego, los vítores y aplausos cuando el agua caía del cielo, aprendimos de memoria la fórmula 30-30-30 que repitieron hasta el cansancio los invitados a los diferentes set de televisión y conocimos Santa Olga convertida en cenizas.
Al viajar por la provincia se pueden ver los campos quemados en el sector de Lolol, donde comenzó el primer gran incendio en diciembre de 2016 y que no apareció en los medios, las zonas de Pumanque, Marchigue, Alcones, etc. muestran la evidencia de haber sido arrasadas y los eucaliptus luchan por vivir, pero la flora nativa fue destruida.
Han pasado siete meses y ya nadie habla de los incendios, ya no es noticia para los medios; sin embargo aún hay personas, familias completas, que perdieron todo y que no han logrado volver a su vida normal, que no tienen sus casas, animales y enseres totalmente recuperados, personas que se encuentran en el completo anonimato.
Si cuando sucedió la tragedia el gobierno tardó en reaccionar, ¿qué esperan ahora para entregar con prontitud la ayuda que todas esas personas necesitan?
Pareciera que los afectados han quedado olvidados, diera la impresión que para el resto de Chile la situación quedó en el pasado, nadie recuerda los incendios y lo mal que lo pasaron estas personas en aquella ocasión; y quizás desconocen que muchos chilenos todavía continúan habitando viviendas precarias, extremadamente frías en el invierno.
El resto de Chile desconoce que no todos los damnificados recibieron la ayuda que el gobierno prometió, dejando de lado a las personas que tenían como segunda casa la que se les quemó, y que las campañas realizadas en la televisión no llegaron a todos en la provincia. No estaría de más prestar ayuda, tal vez les falte algo.
Los chilenos somos unidos y solidarios, cada vez que hay una tragedia en un rincón del país aparecen las manos generosas que aportan para socorrer al que lo está pasando mal. Hace años atrás eran las inundaciones, luego los terremotos, vinieron los aluviones y los incendios; siempre hay una catástrofe que atender en la larga y angosta faja de tierra que es nuestro amado país.
No obstante, debería existir un fondo para catástrofes. Un buen gobierno se encuentra preparado porque conoce su país y quiere lo mejor para los habitantes que gobierna, no se debería depender de la buena voluntad y caridad de los habitantes de Chile.
El gobierno debería responder con prontitud a las necesidades básicas de todos sus ciudadanos; se podría hacer mucho más por ayudar a los que a principios de este año fueron afectados por el incendio forestal más grande en la historia de Chile. ¿Qué están esperando?… seguramente están muy preocupados de los problemas políticos dejando de lado lo verdaderamente importante: las personas.

















