Destrucción de infraestructura de colegios en toma

Destrucción de infraestructura de colegios en toma

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Autora: Nayely Mucha Uscamayta
Diario Las 116 Victorias, Colegio Victoria Prieto (Santiago centro)

A contar del año 2006 las problemáticas que durante años se habían arrastrado en educación, gestaron un movimiento revolucionario que a la fecha continúa manifestándose. En un inicio las movilizaciones estudiantiles constaron de protestas a nivel nacional, pero ante un escenario de avances mínimos se ideó una nueva forma de manifestación: la toma de los colegios, acción que propició la radicalización y visibilización del movimiento. A contar de ese entonces y hasta el día de hoy esta práctica continúa siendo utilizada. No obstante, la relevancia de reflexionar acerca de este tema radica en que es una acción violenta, pues implica apropiarse de un lugar mediante la fuerza.

El escenario es así: cuando nosotros nos preparamos para una movilización tenemos la posibilidad de escoger entre paro o toma. La mayoría elige esta última, pues es una forma mucho más ostensible de demostrar descontento (la prensa siempre estará presente). Pero en medio de la toma algunos estudiantes empiezan con disturbios: rayando las paredes del colegio, destruyendo inmobiliario o incitando a otros a realizar tales actos. Estas acciones han mermado la lucha del movimiento estudiantil. Sin más, el colegio no es solo un lugar donde se estudia; es también un segundo hogar. Sin embargo, la mayoría de los estudiantes han demostrado no pensar a conciencia antes de llevar a cabo una acción.

Los alumnos exigen una mejor infraestructura pero no se dan cuenta que ellos mismos obstruyen la posibilidad de optar por este derecho.

Durante el primer semestre de 2016, más de la mitad de los colegios municipales de Santiago se encontraban en toma. ¿Los motivos? Estar en contra de la Reforma educacional y, casos específicos, la pésima infraestructura de sus establecimientos. Sin embargo, el discurso a favor de estas razones se ha dividido al existir casos en que algunos estudiantes roban e incluso destruyen sus instituciones al punto de dejarlas inutilizables. Un ejemplo clarificador de estos reprochables hechos fue el del Internado Barros Arana en el que se llegó a valorar en 400 millones de pesos las pérdidas, según datos de Chilevisión Noticias.

En aquel establecimiento el 63,2% de los estudiantes aprobó la toma. Los argumentos para llevar a cabo esta acción se relacionaban con las exigencias a nivel país, pero también a nivel interno. Al respecto, el Dirigente Estudiantil, en una entrevista a radio Cooperativa, informó que “en infraestructura (…) tenemos problemas: se llovieron parte de la salas, parte del hall central que eran las partes más importantes del liceo”. El cuestionamiento a realizar sería, entonces: ¿por qué los propios estudiantes dañan y destruyen la infraestructura que luchan por recuperar y mejorar?

Posterior a la toma del INBA el vicerrector Ignacio Cáceres comentó a Tele 13 Radio que lamentaba los daños perpetrados al liceo. Destacó el hecho de que “esto nunca había ocurrido, desde que existe la toma como herramienta nunca el INBA había sufrido tal nivel de daño (…) hay documentos valiosos de principios del siglo XX (…) estamos hablando de cosas que no volveremos a recuperar”, finalizó.

Las tomas a colegios han demostrado una ruptura en el movimiento debido al daño causado en los colegios, aún sabiendo que una de las exigencias más inmediatas es la de una buena infraestructura. Esto es algo muy contradictorio y, personalmente, es tal vez una de las razones por las que la sociedad ha dejado de tomar el peso al movimiento estudiantil.

El gran temor del estudiante es no ser escuchado, sin embargo, hay que ser conscientes que si estamos pidiendo educación de calidad debemos demostrar que nos merecemos esa petición. Y ese es el problema que tenemos: deberíamos buscar otra manera de alzar nuestras voces sin tener que destruir. Porque lo importante es demostrar que somos personas de bien y que queremos lograr una educación de calidad, universal y gratuita, no pensando egoístamente en nosotros mismos, sino en el futuro de nuestros hermanos, hijos e, incluso, en el mismo futuro de Chile.

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