Mientras la mayor parte de las personas marcan en sus calendarios sus anheladas vacaciones, muchos jóvenes se preparan para soportar la gran presión que genera la evaluación a la cual serán sometidos. Me refiero a la Prueba de Selección Universitaria (PSU). Noches sin dormir y angustia son algunos de los síntomas que padecen aquellos que serán expuestos a este instrumento de evaluación nacional.
Aunque hay muchos que la avalan, un número importante de personas han salido a manifestar su descontento con respecto al método y finalidad de esta prueba.
Los argumentos a favor son su relevancia para llevar un control en el acceso a carreras y ser un indicador de los niveles alcanzados por los diferentes estudiantes y establecimientos del país. Por otro lado, en contra de este pensamiento existe la idea de que la PSU, debido a su forma y objetivo, lo que finalmente logra es limitar las capacidades de los estudiantes y subir sus niveles de estrés gracias a la gran presión que significa.
Pongamos un ejemplo, soy alumna de promedio sobre 6,5, me he preparado durante meses. Llega el día de la evaluación y despierto con dolor de estómago. Es tan fuerte que no me deja concentrar. Respondo las preguntas, pero sé que no pude dar mi mejor esfuerzo. Los resultados llegan y mi puntaje es bajo, solo porque ese día no pude rendir al 100% ¿Qué clase de sistema arruina así nuestros sueños?
Nos presionan hasta el punto de estresarnos y al final nuestro esfuerzo no trae ninguna recompensa.
Deseo que la PSU sea más equitativa y que no limite nuestras capacidades, que no nos clasifique ni discrimine por un par de respuestas erróneas y que no existan desigualdades para nadie. La educación es un derecho y no un privilegio.


















