Autora: Noemí Isabel Zúñiga Núñez
Diario Centennials, Colegio Marcela Paz (Concepción)
¿Se imaginan la gran cantidad de planetas, galaxias e incluso universos que pueden existir? Quizá sea algo tan ridículo como preguntarle a alguien por el último decimal de pi, aunque también puede ser una incógnita que nos deje pensando un buen rato.
Tantos posibles mundos y realidades y, sin embargo, preferimos vivir encadenados a tan solo uno de la infinidad que puede haber, privándonos de la vida misma sin querer abrir los ojos, pues al pegar el más mínimo parpadeo, la inquietud y la duda atacarían sin piedad a la inocencia.
¿Será que el ser humano le teme a lo desconocido? ¿O será que solo desea simplificar su vida sin inquirir las cosas y enfocarse en lo conocido?
Tal como hay científicos e investigadores, hay mártires de la ignorancia que promueven e imponen la mediocridad, pero para reacios como yo, el privarnos de tales libertades no significa más que alimentar nuestros aires de rebeldía a expensas de lo que nos es inculcado.
Pese a ser instruida en la cuna de la mediocridad mental, sin previo aviso, las interrogantes fueron consumiendo lentamente la inocencia de mi pensar. Llegó un punto en el que dejó de ser suficiente la ambigüedad de sus explicaciones, necesitaba justamente aquella respuesta que nadie me daba: “No lo sé”. Ser criada por ciegos me ayudó a ver mucho más de lo que esperaba, tan solo aportó a maximizar el resto de mis sentidos.
Me llevaban sometida con los suyos y cada vez le encontraba menos sentido a aquello que me trataban de infundir, pues ya no podía retroceder y cambiar mi manera de pensar. Los seres humanos evolucionan: cuando uno aprende a caminar no puede volver a gatear, y yo ya estaba dando mis primeros pasos.
El solo hecho de observar que hay gente que se niega a pensar me provocaba nauseas, una extraña y morbosa amalgama entre aversión e intriga, tal como para ellos el mero hecho de dudar era repulsivo. Aunque no los culpo, ¿o acaso es falso que es más feliz el que vive en la ignorancia a aquel que es consciente de ser engañado?
Ahogarse crédulamente en inestables argumentos resulta ser un efectivo mecanismo de defensa cuando su certeza corre peligro, entonces ¿cómo culparlos? La ingenuidad no es más que la fuente de la felicidad, mientras que, por el contrario, el vacío que provoca la verdad de golpe resulta ser irremediable, al menos hasta que encontremos otra mentira con la cual rellenar el hueco que nos deja la ignorancia.
Ningún necio duda que su verdad sea la verdadera, tal como ningún cristiano puede ver algo malo en Jesucristo, o como ningún budista puede ver algo malo en Buda. Pero la necedad no es del todo mala, es tan solo una muestra de humanidad. Es la prueba irrefutable de la necesidad del hombre de querer ser parte de algo, es lo que nos mantiene unidos. Estos seres crearon la sociedad tal como la conocemos, o más bien, la civilización los creó a ellos para mantenerse en pie, para ofrecernos algo en lo que creer y mantener a flote nuestras esperanzas.
Durante siglos, la religión fue impuesta para controlar a las masas utilizando como recursos el miedo a un “ser superior” y la ilusión de recibir algo a cambio de la fidelidad, entonces ¿hasta dónde llega la veracidad de los que dicen ser religiosos, considerando que su fe se sustenta en el temor y el beneficio propio?
¿Por qué seguimos con estas hipocresías? Hemos llegado a un punto en el que la religión en sí no es la culpable, sino el conjunto de personas que no puede continuar siguiéndola. Es necesaria una evolución de ésta para al fin vivir en armonía y dejar de lado la prohibición y el temor. Debemos dejar de verla como una verdad absoluta y empezar a hacerla más inclusiva, pues, al fin y al cabo, somos nosotros los que creamos y generamos los cambios. Todos deberíamos creer en algo que nos una, no en algo que nos divide, critica y atemoriza.
Arránquense, aunque sea por unos momentos, sus harapos envueltos en ambigüedad y empiecen a discernir por ustedes mismos lo que consideran realmente verdadero, dejen de lado sus creencias que han sido esculpidas por otros y, finalmente, forjen la verdad con el acero de sus propias realidades, haciendo esto, de una vez por todas podremos ser realmente considerados como una especie con uso de razón. Ahora pregúntense a sí mismos: ¿están dispuestos a hacerlo?


















