En la parcela Sembradoras de Esperanzas, en Chépica, vive y trabaja una de las directoras de la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Anamuri), quien realiza y enseña el oficio de curadoras de semilla.
Autora: Aranzazù Farìas
Diario Estrellas Liceanas, Liceo Santa Cruz.
María Rosenda de Lourdes Vargas Guerra, chilena, de 64 años, y oriunda de Copiapó. Una mujer que cada día cuida con sus manos el patrimonio vivo de la humanidad que esconde en sus semillas.
Desde Atacama llegó a la sexta región, a un sector rural llamado La Orilla de Auquinco, en la comuna de Chépica. En la parcela “Sembradoras de esperanzas”, vive y trabaja María Vargas Guerra, directora de la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Anamuri). Una organización que tiene diversas áreas de trabajo, todas relacionadas con la vida campesina, el desarrollo de las mujeres y la defensa de la tierra.
El planeta hoy enfrenta la pérdida de la biodiversidad y en este mundo convulso y tecnificado ha cobrado reconocimiento un trabajo ancestral que aparece como un nuevo oficio: las “curadoras de semillas” que son mujeres (también hay hombres) que conservan las semillas, considerándolas un patrimonio porque el valor de éstas no está separado de su uso, origen y saberes vinculados.
María, desde hace unos años, se encuentra abocada al rescate del patrimonio alimenticio oculto en semillas libres de manipulación y en la enseñanza de las tradiciones de conservación.
“Desde hace 17 años vengo trabajando en la asociación del norte del país, en la Red de mujeres atacameñas, siendo primero secretaria nacional, luego encargada de cultura y hoy ya soy la directora”, afirma orgullosa.
Es una mujer simpática, de amplia sonrisa, amable, orgullosa del trabajo que realiza y respetuosa con su entorno. Explica con claridad el trabajo que se lleva a cabo en la parcela y la importancia de éste para la conservación de especies, porque cuando se habla de pérdida de la biodiversidad, se está hablando de pérdida de la vida y explica con seguridad que “tiene confianza en que sus cultivos y semillas van a servir para el futuro”, siendo la educación un pilar importante para traspasar estos conocimientos.
Sentada en el salón de reuniones, rodeada de banderas de pueblos originarios, de países vecinos e imágenes que cuentan su historia, María comienza mencionando que “Anamuri lleva 22 años de funcionamiento en el país, desde Arica hasta Coyhaique, son mujeres campesinas, productoras, artesanas, crianceras o temporeras”. Al terminar esas palabras inmediatamente centra su atención en el TPP11 y describe: “el Acuerdo Transpacífico impulsado por el gobierno de Michelle Bachelet, cuyo principal objetivo es reducir el rango de maniobra del Estado en la economía dentro de una amplia gama de materias”, lo que les genera el temor que las empresas puedan privatizar las semillas campesinas.
¿Qué hacen en la parcela?
En ella tenemos cultivos para recuperar semillas, porque las semillas nativas y productivas se ven amenazadas con el TPP11, que ha firmado Chile y 11 países más. El día de mañana nosotros no vamos a tener semillas sanas, ya que van a tener químicos o pesticidas, se van a ver solamente semillas que se deberán comprar y nosotras lo que hacemos es guardar semillas, cosecharlas para que el día de mañana podamos tener una alimentación para no exportar.
Al hablar del TPP11 se vislumbra la preocupación en sus palabras y semblante, continua diciendo que “hace 4 años me puse a estudiar este tratado, viendo lo macabro de los acuerdos. Después empezamos como organización a conversar con los diputados de cada distrito para que estudiaran y que cuando tuvieran que votar, lo hicieran en contra; algunos nos escucharon, pero otros se reían, la población nos fue tomando en cuenta, nos pusimos de acuerdo y llegamos al congreso haciendo protestas afuera del parlamento”, agrega.
Mientras se pone de pie sigue explicando y se desplaza hacia la puerta señalando que “hay un semillero donde se guarda todo tipo de semillas, en él se puede encontrar una variedad de 200 semillas que están al resguardo para el futuro”.
El semillero es una habitación amplia, iluminada, con un gran mueble adosado a la pared en el cual se ordenan pequeños frascos que contienen las semillas con sus nombres; kale, maíz, porotos de diferentes especies, alcachofas, arvejas, acelgas de diferentes tipos, amaranto, habas y un sinfín de otras especies se guardan en la estantería; además hay una pequeña cocina en la cual realizan diferentes experimentos.
Otra actividad que se realiza en la parcela es una escuela de ecología “en la cual vamos entregar educación para las mujeres, hijas y nietas, ya que es una educación diferente, la ecología es un factor social, político, necesario ya que estamos viviendo la crisis del agua a nivel mundial”, comenta. En esta escuela se enseña a preparar comidas de los pueblos originarios, conversan sobre los cambios que ocurren en el planeta y el manejo de las semillas.
Cuentan también con un invernadero al aire libre, con riego a goteo que les permite realizar el proceso de sembrar y obtener las semillas que no son tratadas con pesticidas.
¿Por qué quiso ser parte de esto?
María y su esposo vivían en Copiapó, decidieron radicarse en la sexta región para asumir la responsabilidad de administrar la parcela y comenzar el proyecto de las escuelas de agroecología. Al preguntarle por qué quiso formar parte de esta recuperación de patrimonio, reflexiva señala “cuando conocí Anamuri encontré que me representaba, ya que ayudaba a las mujeres para que tuvieran trabajos, era un aporte que le entregaban a la comunidad, también veía y defendí las semillas”, esto es porque una curadora vela por el respeto a todo lo que la madre tierra puede otorgar.
La señora María junto a su compañero de décadas, dejaron atrás la región donde nacieron para iniciar este proyecto. Es madre de dos hijos y tiene 3 nietos, su esposo la apoya y sabe de la importancia de su oficio, una labor que también le ha traído grandes satisfacciones.
A través de la red de mujeres campesinas, María ha recorrido Chile y también distintos países en los cuales se realizan reuniones para analizar estas temáticas, además hay que destacar que cada año se realiza un encuentro de mujeres indígenas de Latinoamérica y conmemoran el Día Internacional de la Lucha Campesina.
En Anamuri se habla de Soberanía Alimentaria, es decir, el derecho de los pueblos a producir, intercambiar y consumir alimentos de acuerdo a prácticas que vienen definidas por las creencias y rituales de cada cultura, de esta manera se accede a alimentos sanos sin ningún tipo de obstáculo.
Instituto de Agroecología
La labor ancestral de las guardianas de semillas ha permitido la preservación de la memoria genética de miles de especies que, de otro modo, se hubieran perdido.
Las curadoras de semillas son especialistas en su trabajo y deben compartir sus conocimientos; por eso Anamuri en el 2015 lleva a cabo la Primera Escuela Nacional de Agroecología para fortalecer y recuperar el compromiso de los campesinos con sus valores e identidad con el fin de construir la soberanía alimentaria en Chile; desde esa fecha se han realizado otras escuelas en una restaurada casona de adobe y en un terreno que se ha saneado del abuso de los agrotóxicos al que han llegado mujeres de todo Chile y de otros países, todo esto parte del proyecto que dirige Marìa.
Después de cerca de dos horas de conversación, la tarde va cayendo, el sol se esconde y la última pregunta apunta a la visión a futuro ¿cómo le gustaría que llegase a ser Chile?, esta mujer empoderada, sincera, directa, convencida de la importancia de su trabajo y de la lucha campesina responde “me gustaría que Chile sea un país más justo, en igualdad de condiciones, con jubilaciones dignas para los adultos mayores, educación de calidad para los niños y jóvenes, viviendas para los que lo necesitan, salud digna, mejor dicho, un buen vivir para todos los chilenos”, este debe ser el deseo que se alberga en los corazones de miles de chilenos que quieren rescatar lo original tal como lo hace la señora María Vargas, mediante su trabajo en Anamuri.


















