Autora: Valentina Vieyra
Diario El Tatio, Colegio Santa Teresita (Antofagasta)
Últimamente al país ha llegado un gran número de migrantes de origen colombiano y Antofagasta no es la excepción, si bien es considerada como una de las ciudades con un alto índice de ingreso, no es la que tiene el primer lugar. Basta con recorrer un poco el centro de la ciudad para ver cómo van a apareciendo los colores amarillo, azul y rojo en cada esquina y desapareciendo voces, colores y personajes emblemáticos, todo esto es debido a quienes llegan en busca de oportunidades, trabajo y una vida mejor, pero al mismo tiempo su idiosincrasia avasalladora ha dominado, especialmente el casco antiguo, donde abundan los negocios de peluquerías, restaurantes, locales de costura y telas, entre otras tantas son las ofertas que veo en el centro, incluyendo mujeres voluptuosas que ofrecen sus curvas a plena luz del día para atraer público a las famosas “shoperías”.
Se ha llegado al punto de nombrar a la capital de la región como “Antofalombia” (Antofagasta y Colombia), en donde prácticamente el centro está perdido para nosotros, incluso he escuchado que quieren cambiar el nombre de algunas calles céntricas que llevan nombres de personajes importantes para la región, por el nombre de las ciudades de procedencia de quienes llegaron. Lo que de alguna forma ha generado el rechazo de la mayoría de quienes vivimos acá hace muchos años, realizando hasta protestas.
Es así como, por otro lado, he visto como ha crecido la delincuencia, la prostitución y más. Ya no se puede salir después de las 20 horas al centro de la ciudad de forma tranquila. Se genera una sensación de inseguridad para quienes lo visitamos y solo se ven comerciantes colombianos, puestos y vendedores de comida callejera.
Es molesto que nosotros como chilenos tengamos que adaptarnos a sus costumbres, siendo que si vienen a nuestro país son ellos los que se deberían adaptar. Sin ir más lejos, la gran mayoría ha tenido un vecino colombiano en donde no importa el día, ni la hora todos son de fiesta, música, ruidos y peleas hasta pasada la noche con sus parlantes a todo volumen gritando, cantando y no respetando el descanso de todos los vecinos. No significa que nosotros no tengamos esas costumbres, pero la verdad es que la diferencia es evidente.
Resulta lamentable no poder diferenciar entre quienes vienen a trabajar y aquellas personas que vienen a delinquir, por lo que la gente honrada se ve juzgada junto a quienes vienen a robar, traficar, a prostituirse y de cierta forma a aprovecharse de los beneficios que tienen.
Como país y región nos queda una larga e intensa tarea en cuanto concientizar a una sociedad visiblemente invadida por nuevas costumbres. Generar personas más amables, sanas y donde podamos llevar una convivencia menos xenofóbica con los migrantes. Entender y participar de sus costumbres, pero a su vez y no menos importante es la adaptación de ellos al país donde llegan, a las costumbres, cultura e idiosincrasia, generando un concepto integrador y de beneficio mutuo.


















