Por: Anne Neysha Dorvilier
Diario Ecos en tinta, Colegio Juan Luis Undurraga (Quilicura)
Todas las semanas en la televisión o redes sociales aparece un video nuevo en donde alguien se burla, golpea o atemoriza a otro. Ese otro es en muchos casos diferente. Lo que me hizo pensar en por qué sucede esto.
Tengo 13 años. Hace 6, llegué a Chile desde Haití. He estado a los dos lados de la moneda: sufrí de burlas cuando llegué a este país, y también me burlé de otros, sabiendo lo que se siente.
Ahora que reflexiono sobre mi historia, pienso que «aguanté» porque pensé que era una forma de comunicarse «normal», pues todos se molestaban entre sí. Pensé que era «chileno» molestarse por todo.
Cuando mi mamá intervino en el colegio, se detuvieron. Y las burlas se silenciaron. Creo que por miedo a las consecuencias, y no porque hayan entendido lo que estaban haciendo y lo mal que me hicieron sentir.
No creo que haya habido conciencia de lo que realmente estaba pasando en ellos. Ni en mí. Y creo que nadie sabe bien lo que sufre el otro hasta que lo vive en carne propia. Pero tampoco nadie sabe bien por qué hace bullying.
Revisando algunos datos sobre acoso escolar, es sorprendente saber que el año 2018, hubo un aumento de un 40% en las denuncias por maltratos físicos y psicológicos en colegios públicos y privados de Chile.
Para la ONG Bullying Sin Fronteras Chile: «El agresor desde una situación de poder intenta marcar dominio y someter al otro, ocasionado por traumas, dificultades en el hogar y/o situaciones de violencia que padece el agresor o buller».
Esto significa acaso que ¿hay un 40% más de niños con dificultades en sus hogares, o que viven situaciones de violencia?
Conversando con la psicóloga del colegio, me explicó que la violencia es síntoma de más violencia. Que por lo general hay un sufrimiento interno tras las burlas.
Cuando yo me burlo de alguien me siento raramente feliz. Mientras más haga reír a los demás, y más chistosa sea la burla, más aceptado está.
Pienso entonces que yo misma, al vivir ambas situaciones, estaba de alguna manera expresando un malestar inexplicable.
La solución es simple y compleja. Los adolescentes necesitamos atención. No nos llevamos muy bien con nuestros padres a los 13, y no contamos lo que realmente nos pasa.
Para extirpar el bullying de nuestras vidas, lo que debemos mejorar es la comunicación con los adultos. Que nos escuchen y nos dejen aparecer con nuestros errores. Somos inseguros en muchos aspectos, y no es fácil de comprender cuando un niño golpea a otro. La primera explicación que damos a este fenómeno es que hay niños violentos y niños no violentos.
La pregunta profunda es ¿por qué hay niños violentos? ¿cómo podemos ayudar? ¿qué necesitamos para expresar lo que sentimos sin violencia?
Creo que es muy importante empezar a hablar de esto. El problema no es solo para las víctimas. Detenerse de hacer bullying también es muy difícil.
A veces la «talla» está ahí y es difícil no reírse del compañero haitiano, del compañero gordo, de la amiga anoréxica, del enano al que le pegan, del nerd al que le gustan los libros, de la profesora cuando no sabe, de la ropa de la niña que no tiene dinero para comprar otra.
Hablemos de bullying sin miedo. Reconozcamos que nos burlamos. Que somos víctimas y agresores diariamente. Rehabilitémonos de la violencia dejándonos de reír de las burlas absurdas.
Parece obvio que no debemos molestar o ser molestados. Parece absurdo que estemos pidiendo algo tan simple. Pero la verdad es que no podemos detenernos, y que reírse de los demás se ha convertido en un mal hábito en todos los niveles.
En nuestros grupos de amigos aplaudimos la broma más cruel. En nuestras casas un «que estúpido» es común si alguien se equivoca. En la televisión esperamos con muchas ganas que alguien diga alguna palabra mal para hacer un meme.
Basta ya. Tenemos un gran problema. Estamos obsesionados con la burla.





















