El frío del invierno y el caluroso sol del verano, la fuerte competencia durante temporada alta, son solo algunas de las adversidades que deben enfrentar en su trabajo, las mujeres de blanco de La Ligua.
Autoras: Fabiana Tapia, Génesis Pérez y Damara Garrido.
Diario La Paloma Mensajera, Colegio Santa María (La Ligua)
En las carreteras del país, es frecuente ver «palomitas blancas», llamadas así porque históricamente visten de blanco y agitan sus pañuelos en la carretera y el terminal de buses liguano para vender el dulce producto.
Tan solo con su canasto y su distintivo delantal blanco salen a vender el típico producto, siendo muchas de ellas el único ingreso económico de sus familias, ayudando por ejemplo a sus hijos, así permitiéndoles una buena educación para una vida mejor.
Detrás de unas humildes emprendedoras, que se dedican al característico rubro de los dulces de La Ligua, existe un trabajo de gran sacrificio que a estas mujeres les permite sacar adelante a sus familias.
María Angélica Muñoz, madre soltera de 4 hijos, nos relata cómo llegó a ser parte del rubro. Cuenta que en el momento en que falleció su madre, quien fuera dulcera por 15 años, quedó su cupo en el sindicato, lugar que ella ocupa desde hace 11 años.
“Para mí es un orgullo trabajar y depender de mi canasto porque ese (dice apuntando a su canasto) me ha dado para tener mi casa, mis cosas y sacar adelante a mis chiquillos”, afirmó María Angélica. Muchas dulceras cumplen un doble rol en el hogar siendo padre y madre a su vez.
Las Súper Chicas
Sus horarios son extensos, llenan sus canastos en las fábricas de dulces y luego se trasladan en micro o colectivo hacia la carretera 5 norte, para iniciar las ventas.
“Nosotras trabajamos 24/7 y todo el año, somos como súper chicas. Muchas veces hay días que las ventas han estado bajas y nos devolvemos a la casa con los canastos con dulces, así que tenemos que saber volver al otro día para venderlos y no perder el producto, sin importar el día que sea, domingos, feriados, celebraciones, trabajamos igual”, comentó la dulcera.
Un oficio que sacrifica momentos importantes con sus seres queridos
“Uno de los más grandes sacrificios es dejar a mis hijos al cuidado de otras personas, y perderme de algunos momentos importantes, muchas celebraciones no he estado presente”.
María Angélica recuerda con emoción un hecho puntual de su vida en el que queda manifiesto esta ausencia, en momentos importantes junto a su entorno. “Una vez un amigo mío falleció, no pude despedirlo ya que me vine a enterar días después lo que le había pasado. Este trabajo es así, salimos muy temprano a la carretera y volvemos tarde, a veces no sabemos cosas importantes que pasan, como la muerte de mi amigo, es triste pero es así”, agregó.
El reconocimiento de la autoridad
Si bien ellas son representantes de este típico producto local con sello de origen, muchas de ellas sienten que no son consideradas en la práctica como un patrimonio viviente y lo que ello conlleva.
“Nosotras podemos recibir muchas distinciones de parte de las autoridades, pero eso no sirve de nada cuando son muy pocas las garantías que se nos entregan, acá llega la temporada buena y mucha gente que tiene otras pegas o estudiantes, se vienen para la carretera a hacer lo que nosotras hacemos durante todo el año. Ahí la autoridad debería exigir lo mismo que nos exigen a nosotros. Nos piden permisos y papeles, en cambio a los que llegan para fechas buenas no se les pide nada, eso es injusto”
Patrimonio cultural viviente
Las «palomitas» ahora portan una credencial que certifica el origen del producto, desde el 2009, identificación que puede ser exigida por los clientes para asegurar la calidad y originalidad de los dulces. Los Dulceros además han sido declarados como “Patrimonio Cultural vivo”, lo que les permitiría acceder a distintos beneficios del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.
Pero para María Angélica, dicho reconocimiento no les ha servido de nada “ a las finales nunca hemos sido reconocidos como tales porque el patrimonio solo fue de boca y nos hicieron ir a perder el tiempo a Valparaíso, para darnos una tarjeta y al final no nos sirvió de nada porque hicieron risa de lo que nosotros estábamos haciendo” .
El menosprecio de algunos
Si bien no sienten la discriminación por parte de sus colegas hombres, si han vivido el mal trato de algunos turistas.
Una vez que estos se detienen a comprar sus pasteles, no todos los turistas les dan un buen trato, son varios los que con ciertas actitudes llegan a denostarlas, generando frustración e indignación.
En ocasiones tienen que soportar los insultos, ya que no pueden defenderse para no perder la clientela “uno se tiene que morder la lengua o depende de cómo este el genio o sino explotamos” relata con frustración.
La venta del prestigioso Dulce de La Ligua en las carreteras, es la solución económica para una cantidad importante de mujeres de la provincia, repartidas en distintos sectores de la zona centro norte del país.
“Me gusta poder verme con platita todos los días, eso es lo bueno de esta pega”, señala María Angélica con satisfacción.
Estas mujeres fieles representantes de una tradición cuentan que para ser dulcera hay que tener confianza y seguridad en sí mismas, nunca sentir vergüenza, muy por el contrario se debe sentir orgullo por este trabajo.
Confiesan que una de las cosas más bonitas es que conocen mucha gente día a día, “Lo bonito de esto, es que uno conoce mucha gente, sobre todo turistas, aunque no todos nos tratan bien, mucha gente nos mira en menos como se dice por ser dulceras, y eso debería cambiar”.





















