Con una gran experiencia en el trabajo con jóvenes en situación de calle, el profesional tiene una clara postura de la situación de la infancia en Chile.
Diario El Trueno, Colegio Adventista Maranata
Samuel González, esposo de la parvularia Vicente De Mulder, padre de Viviana González y Cristian González; es un profesional lleno de vivencias singulares, con variedad de lecciones trascendentales que entregar, y de un conocimiento extenso y profundo. Después de haber transitado por las ciudades de Temuco, Puerto Montt y Chillán, se radica finalmente en Talca, donde actualmente vive.
Estudió su Enseñanza Básica y Media en el Colegio Adventista de Chile, donde mantuvo un promedio regular. Luego ingresó a la Facultad de Teología en la Universidad Adventista de Chile. Finalmente, se gradúa del Magíster en Gerencia Social en la Universidad de la Frontera. Profesa ser Adventista del Séptimo Día.
Durante la entrevista, en todo momento demostró humildad y sencillez para contar su experiencia, solamente anhelaba compartir sus aprendizajes de vida, con el objetivo de beneficiar a toda la comunidad.
Sabemos que estuvo en contacto con menores en situación de calle, ¿en qué consistió su trabajo?
El trabajo que desarrollamos en la ciudad de Puerto Montt, consistió primero en hacer un diagnóstico de la cantidad de menores en tal situación. Como consecuencia de esto se detectaron alrededor de 127 menores que vivían en la costanera de Puerto Montt, los cuales dormían, comían y hacían todo su día (en general, su vida). En torno a ese sector, y en los lugares aledaños, detectamos a más de 700 menores que vivían en casas abandonadas, que vivían en la calle y que desarrollaban toda su vida en función a amigos o familias de amigos que les apoyaban. El rango de edad de estos menores era entre los 7 años y los 17 años. Esto planteó una problemática: A nivel de gobierno regional, se generó la necesidad de formular estrategias para poder movilizar socialmente a estos menores y sacarlos de la condición paupérrima en que vivían.
Posteriormente, terminado el diagnóstico y al darnos cuenta de la realidad que vivían en aquel lugar, hicimos un análisis de las causas de la situación. Una vez, teniendo claras las variables que incidieron, trabajamos, junto con mi equipo, en diseñar las tácticas adecuadas para poder desvincularlos y a la vez, proveer alternativas para mejorar su calidad de vida.
En este proceso, nos topamos con que los vínculos que ellos tenían a nivel de educación, estaban rotos; a nivel de salud, estaban rotos; a nivel de familia, estaban rotos. Los únicos lazos que permanecían eran los que se podían fortalecer a través de las experiencias vividas en medio de las caletas en las cuales ellos vivían, donde se agrupaban en forma etaria.
Una vez desarrolladas las estrategias de trabajo para iniciar la intervención, constituimos equipos de trabajo y empezamos a capacitar personas, con tal de que adquirieran herramientas para funcionar como monitores de calle. Nos introducimos lentamente en su mundo, consiguiendo su confianza, y logrando llevarlos a una casa de acogida que, a nivel provincial, se había adaptado y adecuado para que ellos pudieran vivir.
Dentro de lo que tuvimos que empezar a trabajar fueron la agresividad; una alimentación desordenada; el manejo de drogas (tanto de marihuana, laca, etc.); el uso de armas para defenderse (elementos corto punzantes, básicamente); el manejo de los niveles de ansiedad y también de los niveles de integración, imprescindibles para que la sociedad, en su conjunto, los pudiera sostener y así evitar que nuevamente vuelvan a reincidir en esas conductas, en ese estilo de vida, que simplemente estaba degradándolos y cerrando las oportunidades que podían alcanzar.
¿Qué lo motivó o impulso a realizar dicha labor?
Primero, el conocer la vida de estos muchachos, el conocer las realidades totalmente diferentes a las que uno había visto anteriormente. El poder aportar con un grano de arena, cambiando vidas y dando proyectos, para entregar un futuro.
Realmente me conmovió (hecho que mis ojos delataban) en lo profundo ver tanta necesidad, tanto problema, y aún más, ver la indiferencia de la sociedad hacia personas, niños, necesitados de amor… ¡que nadie se lo estaba dando!
¿Cuál es su oficio actual?¿Ha influido su experiencia pasada?
Actualmente soy director corporativo de Educación continua y Asistencia técnica de la Universidad Autónoma de Chile, de la sede en Talca; y la experiencia a lo largo de los años, me ha ayudado a poder tener siempre los pies bien puestos en la tierra y darme cuenta de que, a pesar de la enormidad de cosas que podemos hacer, aún hay muchas más que hemos dejado de hacer para favorecer a las personas que se vinculan con nosotros o en beneficio personal.
Es cierto que no podremos cambiar el mundo, pero sí podemos cambiar una vida a la vez; y creo que la experiencia que me tocó vivir (entre otras más) me ha aportado para hoy ser una mejor persona de lo que fui en el pasado.
¿Cuáles fueron los efectos de estas acciones?
Si tuviéramos que medir los efectos, podríamos darnos cuenta que fueron infinitos, y muchos de ellos se relacionan con la creatividad que el equipo brindó, con el objetivo de impactar la vida de los chicos.
Hubo jóvenes a los cuales sacamos de la calle, conseguimos que pudieran estudiar a través de exámenes libres, algunos pudimos incorporarlos a trabajos básicos, a los que tuvimos que educar en su comportamiento, en su pensar, en sus prioridades.
A veces me encuentro, después que han pasado más de 15 años, con algunos jóvenes que me reconocen y que dan las gracias por lo que pudimos aportar o por nuestra influencia en las transformaciones que experimentaron. Recuerdo el caso de Brayan, un joven líder entre sus amigos, que en más de una ocasión intentó agredirme con armas blancas dentro del recinto (pese a que estaban prohibidas, y por lo que a cada uno de los menores en custodia se le revisaba antes de entrar), que con el paso de los años, me lo encuentro ejerciendo como pastor, y actuando como un agente activo en el rescate de jóvenes en conducta de calle.
Aun así, hay otros muchachos, que no encontraron nunca la luz, nunca pudieron integrarse a la sociedad, continuando con las mismas conductas, a lo que atribuyen su presente situación (están presos, hundidos en la droga, en el alcohol o, efectivamente, fallecieron inmersos en las circunstancias).
A nivel internacional, se han realizado diversas experiencias referentes a lograr intervenir en niños con conducta de calle. De las cuales tengo conocimiento, las tres experiencias más exitosas son: Colombia, un programa que tuvo una efectividad del 7% en lograr cambiar vidas; Alemania, con una efectividad del 9%; y Puerto Montt, Chile, con una efectividad del 11%, y en la que, afortunadamente, fui partícipe.
¿Hubo políticas o normativas que impidieron progresar con los jóvenes? ¿O se vio mayormente favorecido por el sector legal?
Hay políticas que pretenden ayudar, pero, al fin y al cabo, son políticas mal enfocadas. Se quiere atacar los síntomas, pero nunca el problema o la enfermedad. Yo no consigo nada con llegar, reestructurar una unidad gubernamental que se haga responsable de los jóvenes, si el resto del Estado tiene otros paradigmas y otra forma de pensar respecto a su rol y a su función.
Las personas que componen el gobierno o están en cargos de importancia, son personas a veces; sin querer juzgarlas inadecuadamente ni prejuiciarlas, insensibles ante el dolor. Nos encontramos con políticos más preocupados de sacar beneficios del programa, que los retribuyeran de forma personal, antes que enfocarse en ser un aporte para la sociedad y un apoyo para los más necesitados.
El sector legal tiene una serie de normas, que en su mayoría son inaplicables. Muchos de los individuos en situación de calle son producto de los malos procedimientos, malos protocolos y procesos erróneos, tanto a nivel legal, jurídico como institucional de los aparatos del Estado.
En aquel tiempo nos encontrábamos a jóvenes que eran abusados, maltratados, y el Estado, con el afán de protegerlos implementaba, a través de los tribunales, medidas de protección, que derivaban en llevar a recintos del Sename. En el caso de Puerto Montt, un considerable número de veces, llegaban al único recinto establecido, niños de Valdivia, Osorno, Castro, Ancud, La Unión. Los Muermos, entre otros. Se les aplicaban las medidas correspondientes: se sacaban de las familias durante 6 meses, pero cuando se terminaba el plazo, de forma desprendida, eran puestos en la puerta; sin embargo, el joven o el niño, no tenía hogar, y solamente podía recurrir a amigos que había conocido al interior del recinto, con los cuales había generado vínculos, pero que, en más de una ocasión, lo esperaban en la calle.
Uno de los factores que más influye en permitir que los niños terminen en la calle, es la facilidad con que los tribunales de ese tiempo aplicaban las medidas de protección sin ni siquiera preocuparse de hallar los vínculos adecuados entre personas y familias, que pudieran dar el apoyo que el joven requería. Porque esos mismos jóvenes que entraban al servicio para ser protegidos, salían de él como personas preparadas para convivir con la delincuencia y la droga (pasta base, marihuana, laca en algunos casos).
Pudimos darnos cuenta que al embarcarnos de este proyecto nos encontramos solos, sin el apoyo del Estado, que de vez en cuando, cooperaba económicamente, que sí tenía buenas intenciones, pero poca gestión: me refiero a que colegios no querían recibir a los menores cuando queríamos insertarlos; consultorios tampoco querían atender a nuestros muchachos; en el hospital, la única forma de ingresarlos, era por medio de siquiatría por cualquier enfermedad o accidente que pudieran tener; la sociedad en sí, el Estado en sí, nos enseñó cuán cruel puede ser cuando margina o segrega a individuos. Yo creo que ese fue el gran talón de Aquiles que permitió que los efectos de las acciones que nosotros hacíamos no pudieran tener mayor impacto.
¿Cambiaría algo en cuanto a la reglamentación sobre menores sin hogar? Y acerca de la adopción, en este ámbito, ¿qué opina?
Lo primero que hay que cambiar aquí, es que el Estado quiera hacer algo definitivo para enfrentar este problema. El Estado simplemente lo que hace en el tiempo, es generar barreras de contención, para que el problema no se le escape, pero no genera soluciones para enfrentar la dificultad en sí.
¿El Estado cuándo se preocupa de las personas? Es cuando las personas salen de su zona de confort y empiezan a cuestionar las políticas existentes; entonces el Estado actúa en pequeños hechos, con tal de hacer retornar a las personas a su estado de confort.
En Chile no han existido, ni existen políticas adecuadas, ni voluntad, que nos permita a nosotros hacer frente a este problema que cada día va creciendo. Mientras el Estado permita que estos jóvenes queden invisibles ante la sociedad, no hará nada; porque la prioridad va en la contención y así no se transforme en un hecho social, no produzca efectos políticos.
Es inconcebible que el Estado hoy gaste cerca de 700.000 pesos mensuales en la mantención de un convicto, y para educar un niño, encaminar un ser humano en desarrollo, con un mundo de posibilidades; utilice un tercio, menos, o quizás nada.
Las políticas están mal enfocadas, mal hechas ¿Por qué? Porque hay otros intereses detrás: el interés no es solucionar el problema, sino que es evitar el impacto social.
Sin duda que el poder cambiar la reglamentación respecto al trabajo con los menores y la adopción, significaría cambiar las políticas o crear políticas, que prácticamente no existen.
Ilógicamente, en Chile es más fácil adoptar un menor por un extranjero, que por un compatriota chileno. No hay interés en los chicos, y ahí… tenemos un grave problema.
¿Qué opina respecto al Sename y al rol que juega actualmente?
Lo reitero, el Sename es una de las reparticiones públicas más politizadas dentro del Estado donde cada diputado, senador en sus zonas de influencia tiene a sus equipos políticos instalados; ahí donde falta gente que esté con las competencias adecuadas, no digo que no haya: falta gente, que estén más interesadas en cumplir su tarea de contribuir a la sociedad que un rol político, que le puede devolver la mano o retribuir monetariamente, en cualquier momento.
En el Sename se han agrupado cuadros completos de campañas políticas a nivel nacional, para hacer la moneda de cambio o la moneda de pago por los favores concedidos, que lógicamente no fueron pensando en los jóvenes.
El Sename juega un rol totalmente intrascendente en lo que se puede hacer. El Sename en vez de facilitar el desarrollo de acciones que sean adecuadas para impactar la vida de los jóvenes, las entorpece. Básicamente, porque las personas que están a la cabeza de la institución no tienen ni el compromiso ni la empatía que se necesita para realizar un trabajo de tal carácter.
El Sename necesita primero antes que reestructurarse y mejorar su rol, necesita el apoyo del Estado que tenga la voluntad de hacer cambios profundos o generar políticas adecuadas para el fortalecimiento de una estructura que tenga la capacidad de cumplir su misión.





















