A medida que la tecnología avanza, los constructores de botes de madera de Tongoy, Totoralillo y Caleta Peñuelas han visto que poco a poco este arte va desapareciendo.
Por: Micaela Díaz Toro
La Gazzetta della Scuola, Scuola Italiana Alcide de Gasperi (La Serena).
Chile es una enorme fuente de recursos naturales, debido a su geografía, gran parte del territorio está flanqueado por el Océano Pacífico, desde donde se obtienen generosos frutos en el área de la pesca. Es así como producto del tiempo y el inevitable desarrollo, las localidades puertos de la región de Coquimbo, como Los Vilos y Tongoy son un símbolo de cómo nacieron y se desarrollaron estas caletas pesqueras, al calor de la generosidad del mar.
Con los diversos avances de la sociedad, especialmente los relacionados a la tecnología y los cambios culturales, ciertas personas ven cómo sus oficios, en otra época imprescindibles, ahora se van perdiendo en los recónditos caminos de la memoria y bajo el concepto casi dogmático de la obsolescencia.
En la Región de Coquimbo, uno de los oficios muy importantes en el sector costero fue la construcción de botes. En una época significó un aporte considerable para el desarrollo económico y social del sector, pero hoy solo quedan pocos hombres dedicados a esta tarea.
En Tongoy, Wilson Salfate, es uno de los pocos que sigue realizando esta labor y ha dedicado gran parte de su vida a la construcción de botes artesanales. Sus embarcaciones han servido tanto para la gente de su querido pueblo como sus alrededores.
“Uno se siente muy satisfecho de hacer una buena embarcación. Empezábamos con un palo cualquiera a hacer la quilla, que es como la columna vertebral, y luego, verlo terminado después de un mes de faena, era como sentir que nacía un hijo. Lo hacíamos bien porque sabíamos que allí irían vidas de hombres que se ganarían el sustento en el mar”, agregó Wilson.
Respecto al estado de su oficio, fue enfático al explicar que “En la región, en especial Tongoy, ya terminó hace rato el boom de la construcción de embarcaciones de madera y ahora se usa la fibra de vidrio. Nosotros sentimos que estamos muriendo en ese sentido, porque no tenemos trabajo en ello, incluso muchos se han dedicado a vender los botes como adornos”, señaló el constructor de botes.
A pesar de esto, la pasión por la labor que desempeña lo lleva a seguir soñando y quiere enseñar a los jóvenes tongoyinos para que puedan aprender y mantener este oficio y así tener herramientas para un mejor futuro en este rubro.
En Totoralillo
A 12 kilómetros de La Serena se encuentra Totoralillo, lugar privilegiado por la forma de su costa y que cuenta con un hermoso litoral, donde conviven armónicamente los surfistas con los pescadores.
En esta playa, se encuentra al único artesano del lugar que continúa en la construcción de botes, Rodolfo Veliz, quien no tiene una opinión muy distinta a su colega de Tongoy y expresa que “Estas cosas no tienen mucho apoyo, fueron dejadas de lado hace mucho tiempo”.
También rescata la importancia de seguir con el oficio y propone “enseñar a otras personas, pero necesitamos el apoyo de las instituciones. Si nuestra familia no sigue la tradición, que sean otras personas que lo hagan, ojalá jóvenes. Me encantaría enseñar esto en colegios básicos, pero necesitamos el apoyo; lo lógico sería dejar estas cosas a otras personas para que se siga mostrando al país lo que hay en la región”, concluyó Rodolfo Veliz.
Caleta Peñuelas
En conversación exclusiva con La Gazzetta della Scuola, Juan Luis Dubó, último constructor de botes de la Caleta de Peñuelas, que está ubicada en pleno corazón de la avenida del Mar, señaló que “la importancia de esta labor radica en cómo se arma el barco, la madera que se escoge, que normalmente es ciprés. A pesar de lo hermoso de la labor, es una tradición que se está perdiendo, porque el gobierno quiere sólo botes de fibras. Este material es bueno para las caletas, pero para la playa no hay como el de madera, es mucho más estable, es más ágil y tiene la capacidad natural de sortear mejor las olas», agregó.
Por otra parte, se refiere a los costos de las embarcaciones, «una de madera tiene un valor aproximado de 1 millón doscientos mil pesos, mientras que el bote de fibra tiene un precio que supera los 3 millones. Según el gobierno, el sintético no contamina, pero creo que hay intereses económicos detrás”, puntualizó Dubó.
En las caletas muchas de las herramientas desaparecieron y las técnicas se modificaron ante la aparición de nuevos materiales, pero todos los que continúan con el oficio coinciden en afirmar que mientras se pueda, se debe continuar trabajando para que la gente pueda seguir mirando como entran en la bahía esos últimos botes de madera, en un intento casi melancólico por impregnar de olor a ciprés el imponente mar chileno.





















