El deporte, ha tenido una injerencia impresionante en el desarrollo del Chile actual.
A fines del siglo pasado, Chile era un país más de Sudamérica. Uno de los más seguros para invertir, sin corrupción y “moderno”, pero era solo uno más. Quizás la soberbia de los vecinos, los argentinos, ganadores de generaciones, o la mentalidad ganadora, porque sencillamente nunca destacábamos en nada, hicieron de Chile un actor de reparto en el mundo.
Ser potencia o destacar en cualquier cosa era una utopía, un sueño irrealizable.
Triunfos morales y segundos lugares adornaban nuestros estantes. Pero algo cambió.
Algo comenzó a cambiar en los 90 y, curiosamente, de la mano del deporte.
En 1991, de la mano de un entrenador croata llamado Mirko Jozic, Colo Colo ganó la Copa Libertadores por primera vez. Fue tal el éxtasis que hasta muertos hubo en los festejos del trofeo continental. Unos años más tarde, un tenista chileno se convertía en número uno del mundo. Marcelo Ríos, un chileno típico, moreno, de 1,75 metro, pero talentoso y trabajador, demostró en 1998 que se podían hacer grandes cosas. Y seis años después, otros dos tenistas, Fernando González y Nicolás Massú, fueron nuestros primeros campeones olímpicos. Inédito, increíble e impensado.
Los jóvenes ya comenzaban a pensar de otra manera. Fue en 2007, cuando llegó Marcelo Bielsa, curiosamente un entrenador que no ganó nada, que Chile logró impregnarse de una mentalidad ganadora. Fue el argentino quien le enseñó a una brillante generación de jugadores que el talento no sirve de nada si no va junto con el trabajo.
El mensaje de Bielsa fue transversal. aunque los cosecharan otros: La U ganó la Copa Sudamericana el 2011; Chile fue campeón de América en 2015, con Jorge Sampaoli, y en 2016 con Juan Antonio Pizzi.

















