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si tuviera la oportunidad de cumplir un sueño volveria al aula como profesor.

Alejado de la sala de clases, aún con la entereza de querer seguir entregando sus conocimientos y sabiduría a las nuevas generaciones, Hernán Tapia, profesor normalista de la generación de la década de fines de los 50 nos dedica un momento de su tiempo para conversar, relatarnos partes de su vida, sus experiencias como el momento en que fue detenido durante el Régimen del Gobierno Militar, emociones, anécdotas, que no le han impedido seguir adelante con optimismo.

Autor: Kiara Meza Beltrán
Diario La Expresión, Colegio Particular N° 95 Andres Bello (Chiguayante)

Sentado frente a su escritorio, en un ambiente silencioso, muy acogedor, rodeado de libros, la computadora es hoy uno de sus fieles compañeros. Más bien, el juego de ajedrez, uno de sus pasatiempos preferidos que lo obligan a concentrarse.

En la paredes se observan fotografías y objetos como la máquina de escribir que nos trasladan a otra época. Nos recibe quien en sus tiempos fuera reconocido en más de una oportunidad como el mejor profesor normalista de las comunas, no sólo en Arauco también en Curanilahue y Chiguayante. Reconocimiento por su entrega, trabajo, compromiso con la Educación. Una leve sonrisa se dibuja en su rostro demostrando que nuestra presencia le es grata.

Originario de Arauco, Hernán Tapia, profesor normalista, cuya edad ya bordea los 82 años relata que su vida ha tenido de dulce y agraz, pero a pesar de las precarias condiciones en las que le toco estudiar logró salir adelante. En su niñez tuvo que enfrentar diferentes barreras. “Al entrar al colegio pase por situaciones complicadas, ya que, muchas veces tuve que caminar descalzo para asistir a la escuela. Tenía que desplazarme por enormes distancias entre 10 y 15 km aproximadamente. Los caminos no estaban pavimentados era puro barro o tierra, cargaba los zapatos en las manos para poder atravesar el río y no estropearlos”. Sin embargo, no fue obstáculo para alcanzar su tan anhelado sueño: ser profesor.

A los siete años tuvo que separase de sus padres, porque estos eran campesinos y no podían entregarle educación, así fue como un tío en Coronel se hizo cargo de él. Pese a esos inconvenientes se considera una persona feliz, satisfecho por su profesión. La ejerció con pasión en lugares tan diversos como el campo o la ciudad. Ahí trabajó con niños muy modestos. «La mayoría de mis primeros alumnos eran inquilinos hijos de obreros campesinos tuve muy buena relación con la gente, ellos me querían mucho, me estimaban mucho”.

Huellas que han marcado su vida

Cuando piensa en sus mejores momentos dice haberlos experimentado cuando trabajó en el campo, porque cada una de las situaciones quedaron reflejadas dejando huellas que a pesar del tiempo no se han borrado. Es así como a pesar de tantos años que dejó de ejercer en ese lugar aún hay quienes lo recuerdan. Se han acercado a saludarlo para agradecer el apoyo que él les brindó en la sala de clases. Días antes de la entrevista nos relata que tuvo la visita de un ex alumno ahora un hombre mayor de apellido Godoy al cual él ya no recordaba. Él le trajo a la memoria su paso por una de las escuelas de campo donde ejerció, lo que le hizo recordar gratos tiempos vividos.

Para lograr ser profesor normalista tuvo que pasar por distintas dificultades las que muchas veces lo hicieron decaer. “Pensé que no lograría alcanzar el sueño de convertirme en educador”. Nos cuenta que era necesario tener muy buen rendimiento, ya que de lo contrario, no se lograba obtener la beca de estudio. Eso significaba estar dentro de los cinco mejores, exigencia para entrar a la escuela normalista, además de exámenes de salud, tener habilidades artísticas, pasar exámenes psicológicos. Durante su época estudiantil sufrió cierta discriminación por ser campesino, sus compañeros lo llamaban el «huaso» Tapia, o el «indio» Tapia. Sin embargo, sonríe cuando recuerda que si estos necesitaban algún trabajo, o que les ayudara en una tarea le decían “Tapita”.

Sin embargo pasó todas las barreras y logró egresar obteniendo el título de profesor normalista. Dicen que un hombre debe plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

¿Cuál de estas tres cosas le queda a Usted por hacer?
Tuve tres hijos, ya que hace un año de manera abrupta perdí uno de ellos. Planté no sólo un árbol sino varios, pero me falta escribir un libro. He escrito desde niño poesía, también relataba cuentos, leyendas chilenas como “El Trauco”, “El chupa cabras”, escribí proverbios e hice un vocabulario Mapudungun. Tengo un diario de vida en donde dejo estampado todos los días algo, últimamente he recopilado 100 siglas, mi intención es lograr la producción de un diccionario de ellas. Me gustaría crear mi propio libro.

Si pudiera volver el tiempo atrás ¿Qué cosas haría?
Si me dieran la oportunidad de volver atrás, sería otra vez profesor, porque es lo más lindo educar, ayudar a otros, a lo mejor no se gana mucho dinero, pero uno lo hace por vocación.

Usted estudió en la escuela normalista de profesores ¿Qué cambios considera que existen entre el profesor normalista y el de esta época?
Considero que ambos son muy buenos, pero me quedo con el profesor normalista, porque ellos tenían otros principios, otros valores, no significa que los de ahora sean irresponsables, pero les falta la mística, tener cariño, preocupación por los niños, el amor por enseñar. Trabajar con el mismo interés y dedicación aunque sean pobres, porque estos también se esfuerzan. Pienso que no todos los docentes, sino que a una minoría les falta entregar más cariño. “Si tuviera la oportunidad de cumplir un sueño volvería al aula como profesor normalista”.

En el año 1973 durante el Régimen Militar fue detenido pasando a ser preso político “los militares me tomaron detenido porque yo en ese momento era alcalde de la comuna de Arauco y a todos los alcaldes de Chile que eran de izquierda los tomaron detenidos, algunos tuvimos la suerte de permanecer con vida”, pero se lamenta, la nostalgia lo invade recordando tantos otros amigos que lamentablemente fueron fusilados. Esto fue uno de los momentos más tristes de su vida, porque su familia sufrió mucho, sólo después de dos meses pudieron saber que lo tenían detenido en la Isla Quiriquina “Cuando me acuerdo me dan ganas de llorar, me da pena, nos trataban muy mal. No sabía que harían conmigo, en qué momento moría o si me salvaría. Fue una época demasiado angustiante”.

Su rostro refleja alegría cuando se le pregunta de su familia, nos relata que hace más de 60 años conoció al gran amor de su vida, su esposa, la señora María profesora igual que él. A quien describe como una compañera atenta, simpática, muy buena moza, con quien pololeó tres años y luego se casaron. Cuando habla de ella impresiona la ternura y admiración con que salen sus palabras, sobre todo cuando dice que siempre ha sido una muy buena madre. Tuvieron tres hijos: Carlos de 54 años fallecido en un fatal accidente en la cordillera mientras disfrutaba de unos días de descanso durante el mes de septiembre del año 2013 lo que generó una gran tristeza a la vida del profesor, Luis Ingeniero Comercial, Víctor periodista. Ellos lograron cumplir sus deseos, la felicidad al hogar, las penas que pudo haber vivido fueron pasajeras, él señala ser un hombre feliz.

Por un corto periodo la comuna de Arauco tuvo a este profesor normalista como Alcalde quien para llegar a este cargo paso antes por muchas obligaciones tales como ser un vecino cooperador de la comunidad, presidente de la Junta de Vecinos de su población y bombero. También juez de policía local y enfermero. Esta última actividad le permitió atender a muchas personas en una posta en el campo.

Nostalgia de un pasado
Sus ojos brillan cuando relata que su decisión más difícil fue haber colgado el delantal de profesor, el que nunca más volvería a usar, porque el reloj avanza más rápido de lo que se piensa, y a él el tiempo le pidió la retirada. Dejar de ejercer, salir al descanso, provocó no sólo espacio libre, también angustia. Un hombre acostumbrado al trabajo, a la vida social, cómo seguir adelante, cómo entender que ya no era parte de una Institución, que ya no tendría a cargo personas, que las risas, los gritos de los niños quedarían sólo en el recuerdo. Su personalidad muchas veces generó en los alumnos pensar que era un hombre estricto, mañoso como dicen los jóvenes, pero luego se daban cuenta que sólo tenía la intención de corregir, apoyar y generar cambios en las conductas negativas.

Momentos claves en su vida
Muchas señoritas de la época recordaran lo apuesto y galán que era, característica que le permitió tener muchas admiradoras, “Me gustaba pololear”, lo dice con una sonrisa en los labios. Ahora se encuentra viviendo una difícil situación de salud por su enfermedad, diabetes, que le ha llevado a perder parte de su pierna derecha en la cual utiliza prótesis, y en la izquierda haber perdido todos sus dedos , sin embargo él ha seguido adelante con valentía sin demostrar el dolor y sufrimiento que cualquiera pudiera sentir. Nos señala que extraña el poder disfrutar del baile, las caminatas , en fin, poder desplazarse libremente como lo hacía antes, ya que ahora depende de otros para poder movilizarse . A sus 82 años Hernán Tapia nos deja asombrados con la manera en que asume su vida, no deja de sorprendernos su energía, vitalidad por seguir adelante.

Perseverancia y valentía
Hernán Tapia mantiene una posición firme, decidida frente a las cosas que le gustaría realizar y que aún le quedan por hacer. Sabe que sus limitaciones físicas le impiden desplazarse como quisiera, con libertad, sin el apoyo de un bastón o de otra persona que lo ayude. A pesar de aquello él manifiesta que quiere seguir adelante, que no hay imponderables que lo sujeten a quedarse inmóvil, sigue luchando porque tiene entereza, es un hombre que demuestra con sus actitudes que quiere seguir viviendo, y por sobre todo, aún hay cosas que le faltan por hacer.

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