No hay agua potable, no existen conexiones eléctricas y la locomoción colectiva les deja a unos 2 km de distancia. En este escenario, a diario una veintena de jóvenes se trasladan a sus escuelas y liceos.
Autora: Nayaret Berenguela
Diario El Marista Curioso, Colegio Nuestra Señora de Andacollo
A poco más de 20 minutos del centro de La Serena se encuentra el campamento social Quebrada La Varilla. Cercano al sector de Las Compañías, a la espalda del cementerio que hasta hace poco quedaba lejos de «todo» se encuentra un pequeño caserío que va creciendo conforme avanza el tiempo.
Hace años que los campamentos son una realidad en nuestro país, La Serena no es la excepción y según cifras entregadas por la fundación Techo para Chile, en este lugar habitan cerca de 400 personas, algo así como unas 100 familias, las que se han ido tomando el terreno paulatinamente desde hace unos 10 años.
Pocas comodidades
No hay agua potable, no existen conexiones eléctricas y la locomoción colectiva les deja a unos 2 km de distancia. En este escenario, a diario deben trasladarse una veintena de jóvenes que acceden a sus escuelas y liceos con la finalidad de optar a un futuro mejor.
Juan Quinzacara es un joven de 17 años estudia en tercero medio y a diario camina desde la quebrada hasta su colegio, «tengo la suerte de que en el colegio me dan permiso para llegar más tarde, entienden que vivo lejos». Así mismo, y pese a que no existe luz eléctrica, «Es un lugar seguro, todos nos conocemos y apoyamos. En las mañanas caminamos varios chiquillos de distintos colegios y por la tarde no falta el vecino buena onda que nos lleva» señala Juan.
De acuerdo a un artículo publicado en el diario El Día, las familias que allí viven provienen en su mayoría de otras zonas del país, y han llegado a la ciudad en busca de un futuro mejor, pero no han tenido suerte terminando literalmente en la calle. Pese a no tener condiciones básicas, hay personas que poseen generadores con los que producen energía.
Solución habitacional
Frente a lo mismo, bienes nacionales ha desarrollado un plan de desalojo de al menos cuatro oportunidades en los últimos años . Al ser consultados en la seremi de Bienes Nacionales, desde el área de comunicaciones la secretaria María Espinoza señala «nosotros tenemos conocimiento que al menos el 50% de las familias que allí viven, poseen una segunda vivienda, por lo que el Serviu no puede entregar soluciones habitacionales, ellos están cometiendo un delito al ocupar terrenos fiscales».
Incuestionable son los casos de aprovechamiento, pero pese a ello desde el Serviu admiten que la situación sigue siendo grave pero aseguran que en los últimos años se han ido dando soluciones y erradicando paulatinamente algunas familias.
Avance en el tiempo
Claudia Paillapi, es la presidenta de uno de los dos comité en la toma, vive en el lugar desde hace tres años. Proveniente desde Arica, junto su marido e hijos. Al poco tiempo surgieron los problemas con quienes los habían recibido y esto sumado a la falta de empleo los arrojó literalmente a la calle.
Tras largas caminatas por los cerros de Las Compañías, apareció lo que alguna vez fue el desierto florido y consigo un conjunto de «casas» que los recibía con alegría. “Cuando vimos este lugar estábamos tan complicados que no lo pensamos mucho. Hablamos con la señora que era la dirigente en ese minuto y ella nos dijo que podíamos acomodarnos en algún sitio, así que aceptamos inmediatamente. Fue difícil, porque solo teníamos el sitio, pero de a poquito, y con material reciclado armamos una pieza”, señala Claudia al ser consultada por periodistas del diario El día, el año 2017.
Actualmente
Hoy en día, la situación no ha cambiado mucho, sin embargo se pudo evidenciar la realidad que viven los jóvenes, niños y adultos a diario, la situación de lejanía, de periferia y desconexión que sufren por vivir entre los cerros, a espaldas del cementerio de Las Compañías.





















