A través de una acuciosa investigación realizada durante más de 5 años, la profesional logró retratar esforzadas historias de vida en el libro Quinchamalí Reino de Mujeres, publicado en 1986.
Autores: Millaray Castillo y Francisco Jara
Diario La Voz de mi Tierra, Escuela Quinchamalí
La escritora Sonia Montecino Aguirre vive en un lugar rodeada de lindos mosaicos de alegres colores en la entrada, plantas y objetos muy hermosos. También hay muchos libros y diversos objetos, imágenes de la virgen sobre la chimenea, objetos de Isla de Pascua, parece un pequeño museo. Sentada en una mesa redonda con un bonito mantel tejido a crochet, nos invita a comer una deliciosa torta y jugos naturales que ha preparado especialmente para nosotros. Con voz suave y elegante cuenta que conoce a muchas artesanas y muestra sobre una antigua cocina a leña varias figuras, piezas de greda que sabe muy bien quien las realizó.
Se inició a temprana edad en el arte de las letras, estudió en el Liceo Experimental Manuel de Salas que quedaba cerca de su casa, donde les hacían escribir mucho, razón por la que se enganchó en lo de la escritura. Tiene una larga lista de libros en donde habla de los mitos y cultura mapuche, el mestizaje, de las mujeres, la gastronomía popular, y del arte alfarero. Alrededor de 20 obras, además de tres recopilaciones y muchos artículos en revistas. Su amor por la investigación, los viajes y las letras se mantiene intacto con los años y no se detiene.
¿Podría contarnos cuál fue su mejor experiencia en la infancia?
Qué bonita pregunta, tengo muchas lindas experiencias de infancia pero creo una de la más fuerte sin duda es que mi abuela materna vivía en Talca y por esta razón viajaba a verla junto a mis padres desde muy pequeñita, viajaba mucho, sobre todo en festividades importantes.
Esto me permitió descubrir, ver una realidad diferente a la que yo vivía en Santiago, y esa experiencia marcó muy fuertemente mi vida y tuvo mucho que ver con lo que haría después cuando grande. Recuerdo cosas que acá no veíamos, por ejemplo el tiempo de las ramadas para los 18 de septiembre, que eran muy clásicas, había un ambiente festivo popular y toda la gente compartía, las diferencias de clases no existían, algo que en Santiago estaba muy marcado.
Para mí como niña fueron experiencias muy importantes, ver ropas diferentes, escuchar otras músicas, personas que no veía normalmente en Santiago, es deci r palpé las diferencias culturales del país y esto es algo que marcó mi infancia.
¿Y qué la motivó a estudiar Antropología?
Precisamente esas vivencias de la infancia, conocer la cultura campesina, la cultura popular. Pero, al mismo tiempo leía mucho, mis papás me regalaban libros. Uno de ellos me impactó, la Odisea, lo tuve en mis manos cuando recién aprendí a leer. Me pareció fascinante el viaje de Ulises y la figura de Penélope, su mujer que lo esperaba tejiendo y destejiendo. La antropología siempre implica trasladarse, salir a conocer los mundos de los otros. También conocí el racismo con los mapuche, pues mi familia paterna es de Osorno y allí vi la discriminación a los indígenas por parte de los “chilenos” y alemanes. Eso llamó mucho mi atención. Como mis padres eran profesores de historia, me acerqué por ahí también al gusto por el pasado y la antropología fue como el resultado de todas esas experiencias de la niñez.
Y lo de escribir, nos comentó que lo inició desde muy niña, ¿ nos puede hablar un poco más de eso ?
Sí, apenas aprendí a escribir ya estaba haciendo poesías, cuando había fechas importantes como el día de la mamá u otras, preguntaban ¿quién va a escribir un poema a la mamá? Entonces me subía a recitar sobre una silla. El liceo estimulaba la escritura, había un prestigio en quien escribía y luego participé en diversos talleres literarios con importantes y destacados escritores como José Donoso, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Mercedes Valdivieso. Así se fue formando mi inclinación por la escritura y literatura
¿Que la motivó a usted escribir su libro Quinchamalí Reino de Mujeres?
Era la época en donde no había democracia, estábamos en dictadura, y nosotros trabajamos en organizaciones no gubernamentales ONG, que estaban dedicadas a apoyar a distintos grupos de mujeres artesanas en Chile, porque había mucha pobreza, el país estaba en crisis, no había trabajo
Al mismo tiempo que queríamos aportar, investigábamos sobre la realidad de las mujeres en Chile. Escuché hablar de Quinchamalí y de Pomaire, pero a mí me quedó impresa la palabra Quinchamalí y por eso fui a trabajar allá.
Tenían unas historias increíbles todas estas mujeres, (hojea el libro y nos muestra una foto de las alfareras) muchas de ellas, nos indica, ya no viven, otras sí, pero me he encontrado con algunos niños de aquella época y me dicen: “yo estaba ahí, yo soy el de esa foto”, incluso varios me han escrito para contarme lo que están haciendo ahora.
Unos amigos nos dieron los datos de Buenaventura Ulloa y del poeta Ramón Riquelme, para poder alojarnos. Ese fue el comienzo de una larga amistad con ellos que amaban al pueblo. Nos presentaron a las loceras, y fueron de gran ayuda para la investigación. Con la historia de esas mujeres, inicié este trabajo, ellas eran muy abiertas y estaban felices de que fuéramos a conversar y a querer saber de su arte y de sus problemas. Trabajamos con un método llamado Historias de vida, que consiste en conversar con las personas y preguntar todo sobre su vida. Fue fascinante adentrarme en los sentimientos y trayectorias de las antiguas loceras.
¿Cuánto tiempo le tomó escribir este libro publicado en 1986?
Estuve viajando alrededor de 4 a 5 años, quedándonos siempre donde esa maravillosa pareja de los Riquelme Ulloa, pero la obra en sí se demoró alrededor de 6 años. Estudié Quinchamalí con la idea de valorizar la artesanía de las mujeres. Su arte era conocido porque algunos artistas retomaron en sus creaciones muchas cosas de Quinchamalí, como Santos Chávez que utilizó figuras y formas de esa alfarería, Nemesio Antúnez también, pero nadie, a excepción de Tomás Lago, difundió a las artesanas y el tesoro que ellas preservaban, mi idea fue mostrar ese tesoro.
Y el nombre del libro ¿a qué se debe, como lo eligió?
Se llama así porque las mujeres alfareras son las protagonistas del pueblo, ellas son el centro y entonces metafóricamente hablé de “reino” para definir ese dominio. Además, muchas criaban y mantenían solas a su familia con su trabajo alfarero; “reino de mujeres” quiere decir que ellas son las principales gestoras de su vida y de la loza de Quinchamalí como identidad local.
En su libro usted habla sobre los orígenes y a que se debe el nombre de Quinchamalí, ¿nos podría compartir algo sobre este tema? ¿Cómo rescata la historia?
La historia se rescata investigando, buscado en archivos, libros de historia, en trabajos realizados por arqueólogos… y se va indagando, preguntando y comprobando y así según las investigaciones realizadas, el cronista Rosales nos relata que el nombre del sector tiene su origen en el pasado, esta localidad era habitada por mapuches y existía un cacique llamado Quinchamalí que utilizaba una yerba de color púrpura con muchas virtudes curativas, esta yerba se encuentra en forma es abundante en la zona y de ahí el nombre del sector, “Quinchamalí”.
Fueron los mapuches los primeros en confeccionar piezas en greda creando grandes vasijas en donde guardaban sus cosechas, más adelante trabajaron piezas utilitarias, de uso doméstico, platos, ollas, jarros, etc.
¿Qué quiere transmitir a través de sus libros?
En todos mis libros la intención ha sido valorar lo que sentimos como “propio”, estuve con una mujer Aymara de Bolivia que me preguntaba por qué los chilenos teníamos caras tristes y enojadas y yo le contesté que hay otro rostro, que es el que he tratado de mostrar con mis obras. Mi trabajo ha sido registrar para no olvidar lo que tenemos. Muchos de mis escritos más literarios se conectan a mis investigaciones, y mucho de mis investigaciones también encuentran en la literatura un dato. Los libros son preciosos comunicadores de la multitud de mundos que existen en Chile y eso he tratado de hacer a lo largo de mi carrera como antropóloga. Ahora preparo un ensayo sobre Margot Loyola y su nexo con Isla de Pascua y otro del feminismo de hoy.
¿Le gustaría volver a Quinchamalí?
Sí, tengo muchas ganas de ver nuevamente los campos de Quinchamalí, saludar a las loceras que conocí y aún están ahí, conocer lo que piensan los jóvenes sobre la loza de este hermoso lugar, saber si han cambiado el tipo de figuras, porque en esos años era muy marcado, hacia el norte de la línea del tren se trabajaba la alfarería ornamental y de la línea hacia el sur la utilitaria, desconozco si eso sigue igual, recuerdo a Isabel Carampangue quien decía ser la última descendiente de mapuches que quedaban en Quinchamalí y ella solo trabajaba cántaros y vasijas que eran netamente mapuches. Me encantaría investigar más, siento que se ha hecho muy poco, es el único lugar donde hay cerámica negra, y por ello deben valorar el tremendo tesoro que tienen en su tierra.
Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales de Chile
Sonia ha recibido muchos premios, pero uno de los más significativos es el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales de Chile el año 2013.
Sus obras están presentes en Argentina, México y Latinoamérica en general y representa a Chile en la UNESCO.
Qué significó para usted este reconocimiento?
Fue muy emocionante e impactante porque me estimuló a seguir indagando y entregando más investigaciones sobre Chile y su gente. Como mujer lo valoré, también porque esos premios normalmente, en un 80 a 90% , son entregados a los hombres. Por ello, que me lo hayan otorgado a mí es un orgullo y sirve de modelo a otras mujeres más jóvenes. Además siento que es un triunfo de las mujeres y de los lugares en que trabajé: se valoró el mundo mapuche, Quinchamalí, el mundo campesino, en ese sentido es reconocer también el valor de esas localidades. Yo siento que el país ha sido muy generoso conmigo, debo decirlo, ha reconocido mis obras y eso se agradece. Hoy día represento a Chile y a América Latina en la UNESCO y creo que esto también es un reconocimiento al patrimonio inmaterial que tenemos y al que de algún modo he aportado con un granito de arena a valorarlo.
Usted ha escrito mucho sobre mujeres y ¿cómo es Sonia mujer?
Estoy casada hace 40 años con el antropólogo Rolf Foerster, tenemos un hijo de 30 años, poeta, estudió Literatura y es Magíster de Teoría del Arte, siguió la senda intelectual y creativa. Actualmente hago clases en la Universidad de Chile en el departamento de Antropología y coordino la Cátedra Indígena de la Facultad de Ciencias Sociales, además de investigar y participar en varias comisiones. Me hago un espacio por las tardes para dedicarme a escribir y para cocinar todos los fines de semana para la familia y los amigos.
¿Tiene algún lugar especial para escribir?
Por supuesto, es mi lugar favorito; y nos muestra el segundo piso, donde tiene su escritorio plagado de libros y objetos, se puede apreciar que allí está el alma, la esencia de lo que esta antropóloga y escritora realiza y que supo descubrir Quinchamalí.





















