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Ha formado generaciones de serenenses amantes de la observación del Universo, gracias a su trabajo de décadas en el Colegio Seminario Conciliar. A sus 90 años, el padre Juan Bautista Picetti señala que está preparado para unirse “a la gran fiesta” con Dios y espera que en el cielo exista algún telescopio con el cual pueda seguir observando los astros.

Autor: Matías Espinoza Soto

La Gazzetta Della Scuola, Scuola Italiana Alcide De Gasperi

Son las 10:30 de la mañana y con nuestro equipo de periodistas y reporteros gráficos, llegamos puntuales a encontrarnos con nuestro entrevistado. Sin embargo, por más que nos anticipamos, él ya estaba allí desde hacía mucho rato. De figura delgada y estatura baja, Juan Battista Picetti nos saluda con un fuerte apretón de manos.

En una esquina de la portería del Colegio Seminario Conciliar se encuentra una fotografía de nuestro entrevistado, que corresponde a la ceremonia de su más reciente cumpleaños, el número 90.  Perteneciente a la Congregación Barnabita desde 1952, el Padre Picetti nos invita con una voz tenue, aunque clara y muy amigable a recorrer sus laboratorios de física, astronomía y mecánica.

Sube las escaleras con una agilidad que hace pensar a cualquiera que no tiene la edad que indica su partida de nacimiento. Luego, a paso más lento nos hace un tour por sus laboratorios, en los que encontramos un periscopio que mide los ciclos lunares, un espectómetro, una máquina de rayos X y pupitres ubicados en forma de auditorio.

El Padre Picetti nos explica el funcionamiento de cada uno de los adminículos que componen aquella galería de recuerdos y expresa que cada uno de aquellos engranajes científicos representa para el sacerdote un alumno que hoy es ingeniero, físico, astrónomo o profesor de física.

Desde que ingresamos a la institución que cobija al Padre Picetti,  nos percatamos que este educador es valorado, respetado y por sobre todo muy querido por su comunidad.   En su vida este sacerdote italiano de 90 años ha ganado innumerables distinciones que toma con una real humildad, entre las que destaca el premio Michael Faraday, recibido el año 2007 por su aporte a la enseñanza de la física. Incluso, los astrónomos del Cerro Tololo crearon un premio que lleva su nombre y que va dirigido a quienes se destacan en la enseñanza de la astronomía.

Un largo andar

Llegó a la ciudad de La Serena luego de un arduo periplo que comenzó en Bérgamo, en el sur de Italia. De allí partió a Roma, donde se ordenó sacerdote en el turbulento año 1945, junto con el fin de la segunda Guerra Mundial.

«No sólo había que lidiar con la destrucción material y espiritual europea, sino que también con la incertidumbre de una naciente Guerra Fría» contó con emoción al recordar cuando el Padre Maestro del Vaticano decidió enviarlo al fin del mundo, Chile.

Séptimo hijo de una familia campesina, a sus 22 años, debió dejar atrás a su familia y su pueblo para partir a formarse a la capital italiana y debió enfrentarse cara a cara con la vida –y la muerte- de la manera más inesperada y difícil para un hombre de su edad, a pesar de su preparación y formación religiosa.

¿Cómo fue su vida en Italia?

Mi niñez fue simple, recuerdo que mi propio padre me hacía los zuecos para poder soportar el crudo invierno italiano. Una de las formas de ayudar a mi familia fue ingresar al seminario en Roma, allí estudié teología. Una vez un profesor llevó una extraña máquina capaz de grabar la voz y surgió una idea en mi cabeza, le pedí a mi Maestro que me permitiera llevar a cabo esta idea, grabar personas, imágenes, algo así como la televisión y gustó tanto el proyecto que me hicieron ayudante del profesor de física. Siento que ese fue el punto exacto donde nace mi amor por el átomo y las ciencias.

¿Cuéntenos de su llegada a Chile? ¿Por qué nuestro país?

Recién salidos del Seminario en Roma, el Padre Maestro nos ubicó a mí y a más de 40 compañeros en Sudamérica, unos en Argentina, otros en Paraguay y otros en Chile. Partí en barco en una travesía de 32 días de Génova a Valparaíso, primero por el fin de la Segunda Guerra, pero principalmente por esta suerte de enfrentamiento entre las dos nuevas potencias (URSS y Estados Unidos).

Todos pensábamos en Europa que en cualquier momento se venía la Tercera Guerra Mundial. Era el último de siete hermanos, nací cuando mi padre volvió de la guerra, recuerdo muy claramente que mi madre me dijo “prefiero morir antes que verte partir” y al volver de Roma me encuentro con mi madre muerta de peritonitis. El médico del pueblo le dio morfina, en otras palabras la mató él mismo, el hospital estaba a siete kilómetros, se podría haber salvado. Quien me dio la noticia fue mi padre, también enfermo, quien me miró y me dijo “se acabó la familia Picetti”. Tuve que administrar la extremaunción a mi propio padre.

De Chile no sabía nada, y la parte más complicada fue el cruce por el Estrecho de Magallanes. Todavía conservo las maravillosas imágenes de Valparaíso, llegué a ese puerto un 3 de septiembre, les cuento, nunca más he querido volver a la ciudad puerto, prefiero quedarme con ese recuerdo idílico de mi arribo a Santiago, algo balbuceaba el español con ayuda de un diccionario que aún conservo.

¿Cómo se pueden conciliar la ciencia, una disciplina tan lógica y exacta con la existencia de Dios?                           

Para mí la ciencia es acercarme a Dios, es él quien nos invita a conocer las maravillas del universo, ahora estoy trabajando con un proyecto de “estudio de materia oscura” con los astrónomos del Cerro Tololo.

Mira, en un trocito de espacio hay más de 14.000 galaxias, millones de soles, todo bello, como no va a existir Dios, incluso los salmos que son tan bellos están hechos con una visión cósmica. Por lo tanto, separar Dios y ciencia es difícil, porque la verdad final no se puede parcelar; hay un continuo de verdades que se van complementando. Lo que es propio de Dios siempre se va manifestando en la cosmología, la cual es complementaria con la teología, cada telescopio que nazca es abrirse al conocimiento de Dios, una invitación a agradecer la posibilidad de acercarnos a estas maravillas, a mis 90 años soy un agradecido de poder ver estas maravillas”. 

 ¿De qué manera nace este afán por enseñar?

La pedagogía fue innata, por amor a las cosas, se transforma en una cruzada, en un ideario y la esencia es comunicarlo. Es la mejor forma de dar testimonio del amor que uno siente. No existe el amor si no se comparte, lo entiendo así de cada fotón que compone la luz, se transmite más luz, más energía.

¿Cree que la astronomía debiera ser una asignatura presente en el currículum?

Por supuesto, esto habla de posibilidades, de abrir nuestras mentes, de salir de los focos de egoísmos, una ciencia tan interesante como la astronomía, habla de estudiantes críticos que se cuestionan, investigan, concluyen y observan. Las posibilidades que te otorga la astronomía son enormes.

Una de las comunas más pobres de Chile es La Higuera, sabemos que tiene una especial relación con esta ciudad.

Un día una señora me vino a buscar para que oficiara un funeral, al llegar allá me encontré con que no había párroco. Sentí que algo me unía a esa gente, pedí la autorización y comencé a trabajar allí, nos propusimos construir una parroquia, conseguimos materiales y con la ayuda de amigos, la logramos levantar, a pesar del viento que se empeñaba en hacernos el trabajo difícil.

¿Cuál es su mayor pena?

No poder acompañar a muchas familias con las cuales compartimos y generamos lazos de cariño y afecto mutuo, principalmente en La Higuera, siempre me sentí como miembro de esa comunidad, siento nostalgia cuando recuerdo que se puede hacer mucho más, les cuento que algunas veces llegaban a verme a La Serena con pescado caliente desde La Higuera para llegar y servirse, no sé cómo lo hacían porque están a más de 60 kilómetros, me imagino que por el cariño que sentía la gente.

¿Cómo se ve Battista Picetti Serughetti en el futuro?

Estoy preparándome, anticipándome en lo que será la gran fiesta hermosa con nuestro Padre Dios, compartiremos muchas conversaciones. No sé si allá habrá algún telescopio.

Con la misma vitalidad que lo caracteriza nos despide, aunque esta vez reemplaza el apretón de manos por un fuerte, emocionado y sentido abrazo. Nos despedimos del Padre Picetti con la certeza que es de aquellos que por su humildad, entrega y templanza tendrá un lugar en los corazones de miles de alumnos que recibieron su inspiración.

 

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