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Nacida y criada durante el poblamiento y formación de las primeras ciudades de Aysén, a sus 80 años de edad, es un testimonio vivo de la fundación de una de las zonas más extremas de Chile. Junto a su vida, se van contando también los principales hitos de la historia de la XI región.

Autora: Marly Antonieta Jiménez López

Diario Patagonoticias. Colegio Santa Teresa de los Andes (Puerto Aysén)

Audina Catalán, según documentos del registro civil, nació el 6 de junio de 1938 en las cercanías del Lago General Carrera, lo que hoy se conoce como Bahía Murta. Con lo complejo que era llegar a la capital regional, que en ese entonces era Puerto Aysén, la registraron cuatro años después de su nacimiento. Actualmente vive en el km 20 de El balseo, comuna de Aysén, donde aún se dedica a labores de la tierra y animales. “Trabajo en mi invernadero, crío mis gallinas, eso entretiene mi día a día” señala.

El padre de Audina era un campesino agricultor y ganadero y su madre dueña de casa. Llegaron como pioneros desde Chile Chico, cuando la vida era muy sacrificada: no existían postas, ni servicio de salud, tampoco escuelas. La Región de Aysén era un lugar poco poblado, además, el clima imponía su rigor, sobre todo durante los meses de invierno.

¿Cómo se aprendía a leer y a escribir sin escuelas cerca?

Quien quería estudiar tenía que migrar a Chile Chico, pero yo tuve la suerte de que en esos tiempos había un caballero, Don Arturo Salazar, que recorría en su embarcación hasta llegar a los campos y estaba 2 o 3 meses con alguna familia que tuviera niños para enseñarles a leer y a escribir, en ese tiempo se ocupaba el silabario El ojo y el huaso chileno.

¿Usted y su familia siempre vivieron en el mismo lugar?

Luego de varios años tuve que dejar mi hogar porque unos exploradores ofrecieron a mi papá campos hechos, para llevar animales no más, y mi papá se decidió a aventurar. El lugar era Bahía Erasmo,  que se encontraba en la costa del mar (mira hacia la ventana y señala con la mano el lugar de sus recuerdos).

Mi papá decidió partir solo para ir a ver si era cierto lo que le habían dicho, pero en esa ida de más de un mes no alcanzó a llegar a la costa. Luego volvió y decidimos partir todos juntos con nuestros pilcheros y ahí sí llegamos.

¿Cómo era este nuevo lugar?

Eran campos de quilantos y valles, ideales para criar animales. Demoraron como dos meses en llevar lo que teníamos en Bahía, ya que no existía camino ni rastro, había que cruzar montañas y más montañas. Al llegar allá armamos nuestra casa. Se llamaban canogas de madera y se hacían a pura hacha, de palos partidos y se abrigaban con ramas. Del corazón de los palos partidos se sacaba el techo. Fue muy difícil trasladar cosas de mi antiguo hogar, por lo que tuvimos que ingeniarnos para tener las cosas de la casa.

¿Qué cosas tuvieron que hacer con sus propias manos?

Teníamos bolsas con lana, cueros de capón y después con eso hicimos las camas. Para poder alumbrarnos hacíamos candiles de grasa, o hacíamos chonchones de petróleo. Cuando teníamos, para adquirir los víveres, mi papá viajaba a Bahía Murta a conseguir lo esencial como harina o azúcar. Tampoco se podía traer gran cantidad por lo difícil del traslado, así que teníamos que medirnos en las comidas.

Pasaron los años y Audina conoció a quien sería su esposo. Para casarse debieron viajar a Puerto Aysén, la única forma de llegar en aquella época era en barco. Después, se asentaron en Bahía Erasmo, lugar que en ese tiempo no era reconocido oficialmente por las autoridades. Allí tuvieron 13 hijos.

¿Cómo fue tener a sus hijos en una zona tan aislada de los centros urbanos?

Tuve a mis con ayuda de una partera, nunca tuvimos complicaciones, pero cuando ella no se encontraba, teníamos que recibir la ayuda de nuestros maridos. Nuestras vidas cambiaron un poco cuando llegaron en un barco gigantesco unos gringos de Puerto Montt a comprar madera de ciprés: eran los famosos Conrados Vilches. Entonces la gente hizo trato con ellos, se les entregaba la madera y ellos a cambio nos daban víveres. Estos gringos también nos compraban animales y nosotros obligados a decirles que sí, necesitábamos los víveres. En ese tiempo Bahía, era un lugar totalmente lejano y desconocido.

¿Llegaron otras empresas?

Sí, luego llegaron los Cochifas que también eran de Puerto Montt a hacer convenio con la gente, también a comprar madera de ciprés y de mañío y con eso nos surtíamos. Pero después se retiraron y llegaron las fábricas de Calbuco a comprar mariscos. Nosotros no conocíamos ni lo que era mariscar, ni los mariscos, entonces los que éramos más valientes inventábamos para tener que comer, porque de otra manera era imposible obtener alimentos. Así que esta gente de Calbuco estuvo trabajando con nosotros, con los pangareteros como nos decían, por cuatro o cinco años.

¿Las empresas trajeron algún adelanto tecnológico para ustedes, que vivían tan aislados en Bahía Erasmo?

Claro, ellos trajeron máquinas de buceo, una de esas bien antiguas que existían en ese tiempo, eran unas tremendas chalupas y tenían una rueda grande y con eso le daban aire al buzo que andaba sacando los mariscos en el mar. También nos trajeron botes, espigas, hasta ropa distinta a la que estábamos acostumbrados, nueva y linda, no como la que teníamos, esa que hacíamos con nuestras propias manos de sábanas viejas, sacos de harina o de lo que encontrábamos. Hasta los mismos zapatos para nosotros eran desconocidos, estábamos acostumbrados al uso de los tamangos, los que hacíamos de cuero de vaca. Se podría decir que ellos fueron las personas más significativas, las que más nos ayudaron en nuestra estadía de 21 años allá.

¿Por qué motivo dejó Bahía Erasmo?

Nos tuvimos que venir a Aysén cuando hizo erupción el volcán Hudson en el año 1971. Nos evacuaron porque los que vivíamos ahí estábamos más expuestos a que nos sucediera algo, por lo que nos sacaron rápidamente, con lo puesto, aunque sabía que era por nuestro bien. Lo más triste fue dejar todo atrás y empezar una vida nueva.

¿Cómo fue su llegada a Puerto Aysén?

Al llegar acá la intendencia designó hogares para que hospedaran a las familias más pequeñas. Yo era de la familia más grande, 15 personas, por lo que la visitadora social nos llevó a la casa comunitaria que estaba ubicada en la población Pedro Aguirre Cerda. Estuvimos más de un año y después nos entregaron casa en el sector de la ribera sur: era puro campo, como un potrero, no existían las calles. En ese tiempo estaban trabajando en el puente Carlos Ibáñez del Campo, el que conecta la Ribera norte con la Ribera sur acá en Puerto Aysén, por lo que para cruzar al otro lado teníamos que ir al sector que actualmente se conoce como la Balsa. De ahí nace el nombre, ya que en esos tiempos para cruzar lo hacíamos en una balsa hecha de madera.

¿En qué trabajaban?

Para poder subsistir mi marido salía a trabajar en la hechura del camino que actualmente llega al Lago Riesgo, hacían cortes de madera, limpieza. En esos tiempos no existían las grandes máquinas que hay ahora, por lo que todo era más difícil. Yo trabajaba en cosas esporádicas, salía por las casas a hacer aseo, lavar, planchar o hasta ir a la feria a ayudar a vender las verduras.

¿Hay algún hecho relevante que recuerde de sus años en Puerto Aysén?

(Reflexiona) El Golpe de Estado. Bueno, en ese tiempo ya vivíamos en Ribera Sur, yo con mi marido trabajábamos en el empleo mínimo. Llegaban víveres, pero las cantidades eran muy pocas para todas las personas que vivíamos en Aysén. Teníamos que hacer largas filas en las pulperías para conseguir algo mínimo como una botella de aceite, medio quintal de harina o un kilo de azúcar. Acá también existió el toque de queda, donde a las 21.00 horas no podía haber nadie en las calles. Salían los soldados a cuidar, pero cabe destacar que la gente reaccionaba muy ordenadamente.

¿Qué pasó después?

Luego, supimos que un caballero de apellido Pereda necesitaba un cuidador para su parcela ubicada en el km 18. Entonces decidimos irnos a trabajar allá y vivir también. Estuvimos 23 años. Mis hijos se iban a estudiar a la escuela del km 10, sector Valle verde. Se iban los domingos y volvían los viernes, la escuela era con internado. Ahí, donde el señor Pereda hicimos economía y compramos este pedazo de terreno. Luego construimos nuestra casa, nuestros hijos crecieron y se fueron de nuestro lado. Algunos se fueron a Argentina a trabajar, formaron sus familias. Todo iba bien hasta que el año 2002 fallece mi esposo de cáncer. (Hace una pausa y da un leve suspiro) Y por primera vez me vi sola.

¿Cómo superó esta nueva prueba que la vida le tenía deparada?

Bien, salí adelante, no me quejo. Ahora podría decir que estoy en la gloria, he adquirido cosas de las que antes carecía, como una simple cama, no me falta nada. Gracias a Dios tengo un sueldo con el que puedo mantenerme perfectamente y además hago mis pesos extras sembrando verduras y vendiéndolas, criando mis gallinas para vender huevos y también tejiendo, haciendo medias de lana para comercializarlas.

Para finalizar ¿qué piensa de la vida que le ha tocado vivir?

(Pone agua en su mate y bebe un sorbo antes de contestar). Algunas personas me dicen que cómo pude sobrevivir a tanta cosa, pero yo les contesto que la vida no sería vida sin sus momentos de sacrificios, de alegrías y todo lo que conlleva. Porque todo no es malo, también tuve momentos lindos como el nacimiento de mis hijos. Soy una agradecida de la vida porque a pesar de haber vivido tantas cosas, gozo de buena salud y eso es lo que a mí más me importa: seguir aprendiendo cosas nuevas, no achacarme y ser feliz como lo he tratado de ser todos estos años.

Accidente y rescate de las aguas del río

La señora Audina Catalán Pacheco, no solo vivió complicaciones durante el tiempo que estuvo en Bahía Erasmo, también sufrió un accidente cuando tenía a su primera hija, de aproximadamente cuatro meses.

Todo sucedió cuando falleció un hijo de una vecina. Ellos vivían al otro lado del río, por lo que Audina decidió ir a acompañarlos en ese difícil momento. Para cruzar al otro lado del río un joven fue en su busca, Audina iba con su hija. El muchacho iba remando confiado y tiró el bote muy abajo, en donde el río estaba muy correntoso. Entonces se encontró con un tronco atravesado y chocaron, tan fuerte que Audina y su hija cayeron a las aguas del río. La madre procuró nunca soltar a su pequeña. Se fueron río abajo.

El joven, de más o menos quince años, las siguió en el bote hasta alcanzarlas e hizo que Audina tratara de subir nuevamente a la embarcación. La gente que los estaba esperando se empezó a preocupar, ya que era mucho el tiempo que estaban demorado en llegar  y,  al darse cuenta de la situación, salieron en su auxilio.

Afortunadamente no les sucedió nada grave, ya que Audina andaba con un abrigo largo que al estar en contacto con el agua se infló y le sirvió como flotador. Emocionada por el recuerdo, Audina asegura que todo fue un milagro, que Dios le dio una segunda oportunidad. Desde ese preciso momento fue mucho más agradecida de la vida.

La señora Audina Catalán es una mujer que ha podido salir adelante, con altos y bajos. Actualmente está descansando, haciendo lo que le gusta y viviendo en un lugar tranquilo: el hogar que ella  armó con mucho esfuerzo para pasar los últimos días de su vida.

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