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Autor: Florencia A., Gisela A., Martina G., Almendra G. y Catalina B.

Diario Noticias a Flote, Liceo Gabriela Mistral de Llolleo (San Antonio)

Grandes olas, el barco a punto de naufragar, el miedo a quedarse sin combustible, y la esperanza de volver a encontrarse con sus familiares fueron los impactantes sucesos que le tocó experimentar a este navegante.

 “Eran cerca las ocho de la tarde, cuando por radio nos enteramos de que San Antonio había sido el epicentro de un fuerte terremoto, que se sintió a lo largo de la costa del país. El miedo de no tener noticias de nuestra familia empezó a inundar el bote, lo único claro que teníamos es que debíamos llegar rápido a puerto”, señaló Ramón Urbina al equipo del diario Noticias a Flote, en relación al sismo de 7.8 grados que azotó las costas del Litoral Central en marzo del año 1985.

Este navegante sanantonino, se subió a los dieciséis años por primera vez a una embarcación donde encontró su verdadera vocación: navegar, de la cual, a pesar de estar jubilado, no ha perdido contacto.

Luego de su primer viaje en alta mar Ramón estudió en un curso especializado en embarcaciones en la Escuela Industrial de San Antonio, donde solo él y su fiel compañero, los únicos que no se marearon, de un total de diez, quedaron seleccionados como parte de la tripulación oficial, lo que les permitió elegir entre hacer carrera para llegar a ser capitán o estar a cargo de las máquinas, pero su fuerte lazo con la última mencionada lo llevó a escoger lo que sería su trabajo el resto de su vida profesional.

Grandes son las historias que atesora en su memoria de navegante, cuenta que lo que más le entristecía era que en reiteradas ocasiones debía perderse celebraciones familiares como cumpleaños, Navidad o Año Nuevo; pero que la pasión por surcar los mares vencía la pena.

Papudo y la noticia del terremoto

Ramón cuenta que cuando se encontraban frente a las costas de Papudo, aquel fatídico 3 de marzo de 1985, a diez millas de la costa, sintieron que el barco se movía de forma inusual, como si éste estuviera navegando sobre piedras. Él junto al capitán del buque habían bajado a los comedores, en esos momentos se dieron de que algo extraño estaba pasando.

“Había bajado junto al capitán para almorzar, yo era el maquinista del barco, entonces él llega y me dice que ‘oye parece que…’ y en esos momentos se siente como que el barco comienza a andar sobre piedras y el agua empieza a gorgorear por alrededor; tras eso me mandó a conectar las cosas a bajo de la máquina y él subió a virar el puente”, contó.

Tras realizar las maniobras señaladas junto al resto de la tripulación se percató de que nada le había pasado al barco; uno de ellos sacó desde el camarote una radio, escucharon desde una emisora argentina que la zona central de Chile había sido epicentro de un gran terremoto.

Al oír esa noticia el capitán intentó comunicarse a tierra, pero sin respuesta, cuando se encontraron con una nave que venía de San Antonio, desde donde les comentaron que a ellos se les habían cortado las amarras y que el resto de los barcos estaba a la gira; todo esto producto del terremoto, que boto algunas grúas y camiones al mar.

¿Cuál fue la decisión tomada por el capitán?

Me preguntó si tenía el suficiente petróleo para regresar a San Antonio, le respondí que teníamos el estanque lleno, y después se puso a pensar que como trabajábamos para una empresa de Quintero el dueño se podía enojar; por lo que decimos volver a Quintero y esperar a la mañana siguiente, fecha que coincidía con el día de pago, para luego arrendar un auto y volver por tierra todos juntos a San Antonio, la mayoría éramos de acá.

¿Qué sucedió después?

 Viramos el barco y partimos pa’ entro, en ese lapsus nos demoramos desde las 17:00 hasta las 00:00 horas para llegar a puerto, ese trayecto se hace en dos horas, porque la mar no nos dejaba avanzar: avanzábamos y retrocedíamos, la mar se recogía, avanzábamos y retrocedíamos.

Llegamos al muelle a las doce y estaban todas las luces cortadas, pero en la compañía había un generador, solo estaba el portero y una persona más, tenían un camión listo para salir arrancando, les habían pasado a avisar que se iba a salir al mar; un tsunami venía, toda la gente de Quintero arrancó pal cerro.

Y entonces, ¿qué hicieron?

Atracamos el barco, yo apagué el motor, apagamos las luces excepto una: la de la batería. En la máquina se sentía el sonido de la mar como si tiraran una piedra, ¡ting!, como que pegaba algo, seguramente el agua algo dejó tras el terremoto, porque según supimos unas cuantas millas afuera explotó una especie de volcán en el mar.

Al otro día nos iban a pagar, pero en la noche nadie durmió; tratando de comunicarse por teléfono con sus familiares, los teléfonos estaban todos cortados así que no pasaba nada; a las diez de la mañana el capitán fue a buscar al pagador, nos pagaron y arrendamos un auto y nos fuimos a San Antonio.

¿Cómo fue el panorama que se encontraron al llegar?

Al entrar a San Antonio por Cartagena cerca de las dos de la tarde, en la bajada se habían caído unos terrones del cerro y no podíamos pasar, y aún no sabíamos nada de nuestras familias, entre todos nos pusimos a levantar las piedras para poder pasar. Llegando a avenida Pedro Montt se veían restos de locales comerciales en el suelo, el panorama nos puso nerviosos a todos.

Yo vivía en la población Barros Luco, pero antes, por Barrancas, el cocinero que venía con nosotros se bajó, le tiritaban sus piernas, apenas podía caminar ese pobre caballero, estaba terriblemente nervioso.

Llegué a mi casa, y no encontré a nadie, el auto se paró afuera y vi que las paredes estaban separadas, partidas en dos. No sabía dónde estaba mi familia, cuando de repente de la casa de mi madre, a tres cuadras de la mía, salen avisando que estaban ahí.

¿Cómo vivió ese momento junto a su familia?

Las lágrimas, los llantos y los abrazos afloraron de forma natural; mis piernas tiritaron de la emoción recordando las horas en el barco, pensando en cómo estaba mi familia, llevaba un mes fuera de la casa, no había comunicación, uno se siente mal y se preocupa.

¿Y el terremoto del 2010 cómo lo vio en comparación al del 85?

Lo viví en tierra, pero al otro día me vinieron a buscar porque el barco estaba en Talcahuano, el auto en el que viajaba no pudo llegar más allá de la plaza, y tuve que caminar hasta el muelle; vi como vendían tele, como robaban, los carabineros tenían a un sujeto amarrado a un poste; tuve que pasar por entremedio de eso y otros barcos que habían llegado hasta la calle.

Como a las doce comenzó a temblar nuevamente, no creían, pero yo sabía lo que estaba pasando, prendí la tetera y me puse a tomar café, como a las seis viene otro temblor más fuerte que el anterior, luego de este último no durmió nadie. La instrucción fue quedarnos en el barco, porque si venia otro debíamos sacarlo, antes de que la mar se recogiera, y volviera de golpe tirando las embarcaciones a la calle.

Navegando en aguas europeas y americanaswp_20160718_18_13_40_pro

El jubilado navegante Ramón Urbina cuenta que durante sus años de trabajo en el mar navegó por las aguas de casi todo el mundo recorriendo Europa y dando la vuelta a Sudamérica tres veces en un año.

Actualmente no se sube a los barcos, extraña la sensación de navegar, pero cuenta al equipo de Noticias a Flote que aún lo vienen a buscar para subir a los barcos; su experiencia más adrenalínica la vivió a cinco años de iniciada su carrera en mares franceses.

¿Le que ha tocado vivir algún otro desastre natural, además de los terremotos?

A los 21 años venía navegando desde el puerto de Brest, Francia, había ido a Alemania, e íbamos de retorno a España, pero nos hicieron ingresar a Brest porque había una gran tormenta. Estuvimos tres sin comer y sin dormir, porque el barco se levantaba y se caía, pegaba chancacazos y uno tiritaba igual que un serrucho.

Recuerdo que los tripulantes arriba del barco se pusieron todos a llorar, como yo era de la máquina tenía que estar trabajando a bajo, mientras todos estaban en cubierta con sus chalecos puestos, preparados por cualquier eventualidad.

¿Cómo salieron de esa tormenta?

A los diez días llegamos a las Islas Canarias, fue un susto grande, el mar nos azotaba de tal forma que el barco se movía y nosotros solo nos agarrábamos de la cabeza esperando el final; este fue mi primera experiencia en alta mar con catástrofes naturales, llevaba apenas cinco años navegando desde que salí de la Escuela Industrial.

¿Qué otros mares ha surcado?

Me di tres veces la vuelta a Sudamérica, desde aquí en San Antonio. Realizando el recorrido por los siguientes puertos: San Antonio, Talcahuano, Puerto Montt, Aysén, Punta Arenas, Buenos Aires, Asunción; desde Asunción nos devolvíamos a Paraguay a Montevideo, de ahí Brasil, las Guayanas, Venezuela: Puerto Cabello, luego a Puerto Rico, al Canal de Panamá, Colombia, Ecuador, Perú al Callao, luego Chile nuevamente en los puertos de Arica, Iquique, Antofagasta, Coquimbo, y finalmente San Antonio; para nuevamente comenzar a dar la vuelta, en la que nos demorábamos un total de tres meses.

Después estuvimos trabajando transportando plataformas petroleras en Punta Arenas, para que sacaran petróleo; en esa oportunidad me tocó pasar la Navidad y el Año Nuevo afuera, lo que no es ningún chiste.

¿En qué tipo de barco navegaba?

Usualmente andaba en un barco mercante, pero antes me tocó ir a buscar un barco de pasajeros que se llamaba “Río Aysén” que anduvo aquí en San Antonio por los años 1979 y 1980.

Recuadro

La familia de Ramón

La esposa de Ramón Urbina, Hilda, relata que a pesar del temor de saber que su marido estaba en altamar durante el terremoto no podía perder la calma, sus hijos esperaban la llegada de su padre y ella debía mantenerlos tranquilos.

“No me podía asustar ni menos mostrar debilidad, estaba sola con mis hijos, tenía dos: uno de tres y otro de un año, ellos, a pesar de ser tan pequeños, sabían que su padre no se encontraba en casa y esperaban su regreso; era de noche y como no volvía la luz nos fuimos a la casa de otros familiares, que vivían cerca y ahí esperamos tener noticias de cómo encontraba Ramón; se nos hicieron eternas las horas hasta el otro día que él llegó”, contó Hilda.

Lo que más la asustaba era no poder comunicarse con él, debido a que en aquella época la tecnología no era la misma de hoy, donde uno se “puede comunicar con una persona en un dos por tres”.

“A pesar de no tener noticias de él, siempre recordaba que Ramón nos contaba que en estos casos los barcos los sacan desde los muelles hacia dentro del mar; lo que nos hacía pensar que él estaba más seguro, incluso que nosotros en tierra, ya que si estuviera a la orilla corría un mayor peligro, como lo que pasó con las embarcaciones en Talcahuano el 27F”, señaló.

Desde la época del terremoto de 1985 hasta hoy según manifiesta Hilda, ella y sus hijos se han acostumbrado a la vida de hombre de mar que lleva Ramón, y están conscientes de que él no perderá este vínculo; parte del que se refleja en las paredes del hogar que hoy comparten en los altos de San Antonio, las que se encuentran repletas de fotografías de embarcaciones.

“Nosotros nos acostumbramos al igual que él su ritmo de vida, él a pesar de estar jubilado sigue pensando en barcos, con sus amigos se ponen a mirarlos con nostalgia, y si lo vienen a buscar para salir a navegar no duda en volver a subir a uno; mis hijos crecieron así, ya están casados y tienen su propia familia, a la que Ramón les cuenta parte de su historia como hombre de mar”, dijo Hilda.

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