Por Martina Silva
Colegio San Joaquín de La Serena
Cada vez que afrontamos un problema nacional o mundial, escarbamos en los viejos cobertizos de la memoria colectiva para intentar encontrar en el fondo del baúl alguna situación que sea considerada al menos favorable y ojalá que no caiga en los viejos clichés del vaso medio lleno o de la solidaridad propia del chileno, por lo mismo creo que este es un trabajo reflexivo que va más allá de lo que se podría considerar como fácil, pues esquivando los lugares comunes intentaré encontrar la flor del loto, que nace de la putrefacción para convertirse en la más bella y aromática de todo el jardín.
El covid-19 no es un tema ajeno para nadie, nunca nos esperamos que un virus desconocido para la población nos afectara a gran escala teniendo en consideración la era que estábamos viviendo, rodeados de tecnología, parecía una mala película de ciencia ficción. Nunca nos esperamos que esas dos semanas de suspensión de clases se convirtieran en meses y años, que aprender a través de una pantalla fuera una constante, que hasta las juntas fueran virtuales, así llevamos confinados en nuestras casas, casi dos años.
Hay cosas positivas que podemos destacar, sin duda, mucho aprendizaje, muchos elementos de continuidad y cambio, pero la idea es visibilizar un problema importantísimo, que a simple vista no se ve. Sentirse solo, cansado y agobiado, empezar a dudar de tus acciones y pensamientos, el constante deseo de evadirse e ignorar todo lo que pasa a tu alrededor.
Según el Minsal, en Chile se registró un aumento del 46,7% de casos diagnosticados de depresión a solo un año de la llegada de este virus al territorio, más de 220 chilenos adolescentes pensaron en quitarse la vida como opción. Teniendo en cuenta estos datos y el contexto en el que nos estamos desenvolviendo, me parece ridículo que al grupo etario que represento nos sigan llamando “la generación de cristal”, si hay alguien que ha sabido soportar este escenario apocalíptico somos nosotros, compatibilizar las clases virtuales, con el encierro, porque dejemos los eufemismos para otra ocasión.
A pesar de todas las adversidades, hemos sacado conclusiones como generación, nos hemos unido a pesar de la distancia física, hemos aprendido a valorar el planeta y transmitir este mensaje, le hemos dado una importancia capital a las cosas simples, hemos dado el sitial que les corresponde a los adultos mayores, en fin, hemos estado ocupados sembrando para un futuro mejor. Sin duda, lo mejor de la pandemia es la conciencia y la empatía que como grupo hemos logrado desarrollar, por lo mismo, creo que esta generación nuca fue de cristal y se está transformando gradualmente en una de acero… obviamente inoxidable.





















